VILLA CRESPO ME HACE SONREIR


Amanece. Ya pasaron dos meses desde que volví. Extraño Buenos Aires. No nací allá, por cierto. Nací en Nueva York, a donde emigraron mis abuelos argentinos hace más de cinco décadas. Pero durante los últimos años, con varios viajes a la Argentina por trabajo y por visita, llegué a reclamar mi “argentinidad”.

Argentinidad. Les admitiré que no sé exactamente lo que significa eso. Pero cuando estoy en Villa Crespo, mi barrio preferido de la capital, siento que, de alguna manera, pertenezco.

En Villa Crespo puedo levantarme a la mañana e irme a un “bar notable” a tomar un té con unas medialunas y escribir hasta el almuerzo. Bar Río, hasta La Orquídea en Almagro podría llegar. Ahí encuentro los fantasmas de mis antepasados. Ahí encuentro inspiración.

En Villa Crespo puedo conocer a los jóvenes judios argentinos e inmediatamente sentir un acercamiento a la gente y al barrio. Puedo caminar por la calle Camargo hasta llegar a la cancha de Atlanta; en Villa Crespo puedo ser un “bohemio” aunque soy un judío puro “turco” también. Puedo sentarme en la esquina de Canning y Corrientes y esperar poco tiempo hasta que vea a alguien conocido. Ahí encuentro la comunidad.

En Villa Crespo puedo entrar al restaurante árabe El Nilo y practicar mi (pobre) árabe con Ramadán, el chef egipcio que llegó a la Argentina hace apenas 3 años. Le digo que mis bisabuelos llegaron también hablando nada más árabe, hace casi 113 años. Ahí encuentro la historia, el presente, y un poco del futuro también.

En Villa Crespo puedo andar por las calles verdes y empedradas, bajo un sol cálido de verano, y observar la gente en sus puertas, sus terrazas. Puedo seguir a pocas cuadras y llegar a la casa de mis primos, que técnicamente está en Caballito, pero que queda en Villa Crespo en el alma. Qué hermoso que es poder llegar a un país ajeno y estar con gente que te ama, que te conoce, que tiene recuerdos de tus padres y tus abuelos y hasta tus hermanos para compartir; más, leyendas de la familia que a lo mejor se cuentan con unos mates en la mano. No hay nada como estar con la familia. Ahí encuentro la felicidad.

En Villa Crespo puedo comer pizza: en El Trébol, en el Kentucky de Díaz Vélez, en el Imperio. Puedo comer pastas en Salgado Alimentos o en La Morenita Restobar sobre Ángel Gallardo. Puedo comprar frutas para llevar al gran Parque Centenario. Ahí encuentro la satisfacción.


Ah, y hablando del Cente: ¿no es la cosa más linda de todas? Tengo un consejo para las personas que pueden pasar la hora dorada en Parque Centenario, se lo comparto:

Los domingos por la tarde hacé todo lo posible para tirar una mantita de picnic en algún rincón del parque preferido por los porteños. Te encontrarás rodeado por los guitarristas y los bailarines de swing; los escritores y los que levantan pesas; los vendedores de pochoclo y los pintores. Está bien, no te preocupes. Tratá de hacerte un lugar — aún si estás solo, más solo que nunca en tu vida — en medio de todo el ruido. Y durante todo el tiempo que puedas, tratá de sonreír tan cálidamente como una de las varias parejas y familias que comparten facturas y mate y fruta en el pasto, bajo la sombra de los jacarandás, porque el sol del verano ya se alarga sobre la tierra y en poco tiempo más no estará.

Pronto volveré. Pero por el momento tendré que llevar un pedazo de todo lo lindo de Villa Crespo a mi vida en Nueva York, porque en Villa Crespo hay gente que siempre me hace sonreir. Ustedes saben quienes son.



* Jordan Salama (@jordansalama19) es escritor para National Geographic. También es colaborador del New York Times, Smithsonian y más publicaciones. Nació y vive en Nueva York, de familia argentina. Su primer libro Every Day the River Changes, una crónica por el río Magdalena en Colombia, salió en noviembre del 2021 y será traducido próximamente al castellano.

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