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PEPE BIGOTES, UN CONEJO EN DOS POR CUATRO

Mientras le dicto esto a mi hermosa y joven secretaria, afuera suenan bombos de carnaval que dificultan gravemente la operación, al punto de comprometerla de manera absoluta. Y mientras esta posibilidad de imposibilidad sucede afuera y adentro, mi mente vaga hacia otras épocas, cuando en las calles de Villa Crespo no retumbaba el golpe continuo y predecible de un tum-tum-tum-tutumtum, sino que a los balcones llegaba el arrebatado vuelo de un bandoneón, o el jactancioso viaje de unos dedos por las teclas amarillentas de un piano vertical. Y este vagar no es un vagueo por la memoria, no... soy un conejo demasiado joven para decir que tuve tango en mis largas y sedosas orejas. Pero leo mucho Wikipedia, en particular cuando tengo que escribir estas columnas. Y es gracias a esas lecturas, y al quilombo incesante del carnaval que me obliga a trabajar a estas horas infames de la madrugada, que me encontré cara a cara con la existencia de una tal Paquita Bernardo, nacida en el mil novecientos, redondo, y apodada “la flor de Villa Crespo”.

La fama de Paquita en el barrio venía en parte de la forma que tenía de abrir y cerrar las piernas, para desgracia de su familia, y en parte del instrumento que colgaba de las mismas, incompatible en esa época con la anatomía femenina: Francisca Cruz Bernardo –su verdadero nombre– fue la primera mujer en tocar el bandoneón de forma profesional en Buenos Aires. Y no sólo tocaba el bandoneón esta flor local –siempre en pollera, nunca pantalones– sino que también componía y dirigía su propia orquesta; dicen que cuando tocaba en un café de la avenida Corrientes, el gentío agolpado afuera del boliche impedía el paso del tranvía, a tal punto que tuvo que intervenir la policía para ordenar al macherío. En la orquesta de Paquita había más de una sorpresa, contando por supuesto la genitalidad de la directora: al piano iba nada menos que un joven Osvaldo Pugliese, hoy santo patrón del barrio de Villa Crespo, que con poco más de catorce años debutaba en Buenos Aires en la orquesta de la flor.

Paquita murió a la tierna edad de veinticuatro años, a diecisiete días de los veinticinco, por una complicación pulmonar que pudo haber sido tuberculosis, pero mejor no preguntar. Dicen que en un concurso en el año veinticuatro, el mismo Gardel intercedió a favor de Paquita al comentarle a Firpo, juez del certamen, que había que tener en cuenta que ella era “la única mujer que ha dominado a ese taura que es el bandoneón”. Cosa que no terminó de convencer al antedicho, ya que Paquita no ganó, a pesar de las palabras del zorzal.

Paquita compuso, entre otros, el tango “Villa Crespo”, que hubiera sido muy apropiado encontrar para pegar un pedacito de la letra; mas no, ha probado ser una tarea irrealizable. Busqué hasta en los rincones más abstractos de la red (páginas con letras de tango en noruego), pero no hubo caso. En fin, otra historia de nuestro barrio: Paquita Bernardo, la flor de Villa Crespo. Parece que vivió mucho tiempo en Camargo y Malabia, a pasitos de donde dicto estas palabras. Lo que es el mundo, un pañuelo.

Ya ni se oye el retumbe de los bombos del carnaval, gracias a Dios, pero ahí viene el basurero, que desde que pusieron los volquetes esos nuevos hace un batifondo que no te deja ni pensar.

Eso es todo, Valeria, gracias, ya se puede retirar. Y no se olvide mañana de traer el cognac y las velas, por si se corta la luz. Gracias.

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