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UN GODZILLA CUALQUIERA


Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo
Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

En una esquina del barrio espero a que mi teléfono recupere la señal de internet; cuando bajamos por ascensor la pierde y por algún motivo tarda bastante en devolverme el derecho humano básico a la navegación digital. En eso estoy, la mirada perdida en el aparato como un niño frente a un juguete roto, cuando oigo que me dicen “disculpá”.

Lo primero que pienso es que es un fan, alguien que me reconoce de mis años de publicar esta exitosísima columna, entonces levanto la vista con una mezcla de generosidad y grandeza, pero mi interlocutor no parece conocerme; en vez me dice que trabaja en una agencia de castings y están haciendo uno para una publicidad de una importante marca de pastrón en polvo; pide sacarme una foto y datos. Poso y le indico mis números básicos: teléfono, documento, fecha de nacimiento. Huelo una estafa de algún tipo, pero sin internet es imposible saber nada.

Días más tarde me llega un mensaje repleto de información: un día, un lugar, dos turnos posibles. Elijo el turno tarde por razones obvias que los madrugadores nunca entienden. Veo que el rol para el que me convocan es TRANSEÚNTE. Confirmo internamente que está dentro de mi rango actoral antes de hacerme ilusiones. ¿Será este mi salto a una esfera superior de la industria artesanal del entretenimiento? Asumo que sí antes de comprar doscientos gramos de arándanos bañados en chocolate, por las dudas.

El día del casting me presento una hora tarde, por consejo de un amigo que sabe cosas. El lugar es una pizzería familiar que de momento está cerrada pero que anuncia menús económicos de mediodía que prometo honrar en un futuro próximo. No hay mucha gente; es claro a simple vista quienes venimos a por el casting y quienes trabajan en la producción. Nosotros estamos atentos y en silencio, reverentes; ellos revolotean sin prestar mucha atención, envueltos en tareas incomprensibles que realizan con desdén.

Otra cosa evidente es que la diferencia de criterios entre los personajes, digamos, masculinos y, digamos, femeninos. El “tipo” femenino es joven, peso pluma, cuidado, bello, distante. El “tipo” masculino es barbudo, algo excedido de knishes, e intensamente desprolijo. Nos piden que asentemos nuestros datos en formularios y que los repitamos en voz alta, gente que gusta de la redundancia. Ponemos cruces, aceptamos cosas. Nos dan números simplificados por los que van a llamarnos. Esperamos.

Un joven productor toma la posta del evento y nos organiza en el salón, rápidamente forman un círculo en el medio con dos sillas frente a una cámara, que el joven productor opera. Por turnos nos presentamos a cámara, mostramos perfiles, ambos lados de las manos, dos sonrisas. Luego nos informan que la publicidad es de un monstruo gigante que ataca Villa Crespo, destruyendo todo a su paso hasta que logra conseguir el mejor pastrón en polvo del barrio; entonces se retira, satisfecho.

En equipos de a tres pasamos al centro del círculo. El joven productor reconstruye con sus palabras la escena que debemos actuar, más que nada mediante reacciones: caras de susto, de miedo, de sorpresa, de “ay, que rico este pastrón en polvo”. Llega mi turno y me dirijo al escenario improvisado con dos otros participantes; los tres somos variantes del mismo transeúnte. No hablamos entre nosotros por miedo a descubrir que somos la misma persona.

“La criatura dobla por Scalabrini Ortis hacia Corrientes, ruge con furia”, dice el joven productor. “¿De qué mano viene?”, pregunta uno de nosotros, a modo de crítica por lo inespecífico de la situación. “De Warnes”, responde el productor y nos hace un gesto de activación. Los tres reaccionamos con terror. En mi mente la criatura es un Minion de diez metros de altura con camiseta de Atlanta, basado en un muñeco que una vez vi a la venta en un puesto de la feria del Parque Centenario. Debería haberlo comprado; ahora ya es tarde.

“La criatura descubre el pastrón en polvo Koshelito y desiste de su furia”, dice el joven productor. Reaccionamos con suspiros y pulgares levantados, abrazos de alivio fingido. Nos dicen que eso es todo, que nos llaman. Vuelvo a casa algo desilusionado. Tenía un chiste preparado por si me preguntaban qué hacía, iba a decir que era artista multimedia porque tengo muchas medias, pero no me preguntaron. Prendo la tele y anuncian destrozos en el centro. Me ilusiono al pensar que capaz es el Minion gigante de Atlanta, pero no; resulta que se trata de un Godzilla cualquiera.

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