VOLVER A CASA


Tomo una copa en un bar amigo, vuelvo caminando a casa: un formato ganador. Últimamente la relación vino-sueldo está difícil, pero el que agrega soda ahorra en bulto.

Compro un agua en un kiosko en el camino; vuelvo por Corrientes y siento ese entrar al barrio que es como el despertar de una siesta sin alarma, qué sé yo… entiendo que ustedes piensen que al ser ésta una revista barrial, yo recibo un sobre para hablar bien de (busca el nombre en el sobre) Villa Crespo.

Pero nada está más lejos de la verdad; a mí me late el barrio en el pechito y me invade la impresión de que hay algo religioso en la experiencia de encontrarse con amigos, brindar, picotear, y volver a casa en patas. Es cierto que podría técnicamente volverme en patas a casa desde otro barrio, pero tampoco soy Juancito Caminador. Ese es mi primo, yo soy Pepe Bigotes, y por filosofía de vida intento optimizar mi gasto de energía porque a veces –como ahora- requiero de un shock de potencia para ilustrar en una columna decente lo que representa vivir en un barrio de la talla de (busca el nombre en el sobre) Villa Crespo.

Pero hoy también quiero decir que detrás de cada copa hay un alguien que la sirve, y no seré el primero en señalar que de ese vínculo nace un amplio abanico de experiencias sociales y de rituales que sitúan al ofertante del néctar en una posición privilegiada respecto del receptor de dicho influjo, aunque el intercambio de dinero indique una relación inversa de poder; hay en el encargado de la barra un aura sacerdotal, de sanctidad dudosa, por cierto, aunque lo mismo pueda decirse de todos los demás sanctos.

Un peso difícil de llevar, ha de ser, “una carga gloriosa”, escoltar a los viajantes por las tibias aguas de la sobriedad hacia el tormentoso océano de la ebriedad, un terreno donde no siempre ayudan las patas de rana ni las antiparras, y en el que el bote navega directo hacia el Iceberg a propósito. Lo que pasa es que el Iceberg está todo hecho de hielo, y nada acompaña al trago como el frío, y el hielo es el rey de hacer que las cosas se enfríen rápido.

Y esa es otra de las habilidades que ostentan quienes hacen bailar botellas, la alquimia que transforma muerte en vida, el trago que enaltece la suma de sus partes; por supuesto que siempre hay que ver con moderación, no sea cosa que me acusen de romantizar un flagelo, pero resulta que a veces me encuentro volviendo a casa, con una copa o dos o tres en el estómago, y me pasa eso, que respiro la entrada al barrio, y puede ser que sean las ganas de sentarme que, al igual que las de ir al baño, sólo empeoran cuanto más uno se acerca a satisfacerlas, pero camino las últimas cuadras en un estado de sosiego.

Mentalmente ya llegué cuando veo las luces de Imperio. Otrora frenaba a comerme una porción; ahora disfruto de ser más cauteloso a la hora de manipular toneladas de queso fundido.

Sigo de largo y paso por los bomberos. Mentalmente los saludo, aprecio su valor y el amplio espectro de cuestiones que caen bajo su jurisprudencia; ya a una cuadra de casa saco las llaves, soy de anticipar eventos. Y cuando entro no me recibe ni el perro, están todos durmiendo. Mejor. Pronto yo seré uno de ellos…

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