UN CONEJO DEMASIADO OPTIMISTA

Actualizado: 14 may


A veces me pregunto, ¿soy un conejo demasiado optimista? O mejor dicho, ¿me he vuelto un descerebrado? ¿Puede uno ser feliz en un mundo en guerra? Empieza medio Sex & the City esto, con una serie de preguntas existenciales, pero me preocupa realmente el tema.

Antes no era así: todo me parecía una reverenda porquería. Pero los años me van ablandando y temo cualquier día de estos elogiar el clima, o el vuelo de algún pájaro; temo señalar la luna. “Mirá, la luna”. Si esto sucede, mátenme. Pueden incluso guisarme.

Pero tengo la impresión de que no soy el único. Con la cautela que demanda la tragedia, el barrio asoma la naricita después del invierno. ¿Nos atrevemos a volver a sonreír, a cara descubierta? ¿Volverá aquella desfachatada costumbre de mostrar las vías respiratorias en público?

Ya sé que no es la primera A que parece que la cosa mejora, y decir “la cosa mejora” en medio de amenazas de guerra mundial y de apocalipsis monetarios quizás me cueste el odio de muchos de ustedes, que verán sangre en las noticias y dirán -con mucha razón- ¿de qué estás hablando, Pepe?

Incluso coqueteo con la posibilidad de que entre la escritura de esta columna y su publicación suceda algo terrible, y que estas palabra sean otro de esos artefactos de museo que se exhiben para mostrar la desconexión de algunos habitantes con los desastres de su tiempo, como la estatua onanista de Pompeya; pero sí, me la juego.

Esta columna, la número 46, es optimista. Acabo de fijarme, para darle densidad metafísica al asunto, qué representa el 46 en la quiniela y es… los tomates. Temo ahora haber confundido el número y que sea la 47, el muerto. Pero no importa. Nunca lo averigüemos. Quedémonos con los tomates, que sean, si es necesario, para la salsa en la que me guisen. Recuerden que quedo muy sabroso acompañado de vino blanco.

Una maestra una vez quiso darme la enseñanza de Camus sobre Sísifo. Sísifo, por supuesto, es aquel condenado a empujar la piedra montaña arriba; la piedra, al llegar a la cima, rueda cuesta abajo, donde el castigo vuelve a comenzar: la vida moderna, en otras palabras. Para Camus, el desafío es imaginar a Sísifo dichoso.

En su momento esta enseñanza me pareció una reverenda porquería, porque yo era joven, pero el tiempo pasa y el optimismo me lleva a imaginar esa sonrisa, esa pausa, ese sol que baña la montaña; no tengo mucho más para ofrecer que esta tibia reflexión para un mundo en llamas: el futuro será, pero nosotros somos.

Ahora sí, mátenme… pero antes, que venga ese vino blanco.

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