• Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

HELLOWEEN


Llegó esta fiesta apátrida una vez más, la de los disfraces del terror, y esta vuelta nos sumamos porque la conejita ya está más grande y ahora se prende en todas, en absolutamente todas, salvo en la del álbum del Mundial porque ahí puse mi bandera, porque el apocalipsis no me va a encontrar buscando desesperadamente al 10 de Arabia Saudita; siempre hay que estar listo para un apocalipsis digno, por eso tengo un velociraptor estacionado en el garage.

La cosa es que este año nos disfrazamos, yo intenté una versión del Gran Lebowski con una bata marrón de toalla, una camiseta cuello en V y una malla a cuadros que tuve que atar con un piolín, todo para descubrir que soy más parecido a Lebowski cuando no me disfrazo. Muchos arriesgaron que me había vestido de “persona que sale de la ducha”, o “bipolar en etapa depresiva”.

La conejita quiso disfrazarse de La Novia de Chucky, por lo que salimos a recorrer las casas de ropa más rockeras de Scalabrini Ortiz; por suerte conseguimos vestido blanco estilo novia, un top negro transparente, guantes red, y una gargantilla de cuero. En casa descubrimos que ese disfraz también podía ser tranquilamente Madonna de los ‘80s zombi.

Mi pareja coneja se disfrazó de bruja, porque las chicas tienen eso con las brujas que es como una atracción irresistible. Oyen la palabra disfraz y salen a revolver los vestidos negros. Y así armados los tres, rumbeamos hacia la fiesta en el Museo de Ciencias Naturales, un evento para el que nos enteramos que las entradas estaban agotadas, por suerte luego de que hubiéramos adquirido las nuestras, lo que le daba a la noche un aire de exclusividad que duró poco.

Debo decir en relación a la fiesta que las decoraciones del museo estaba increíbles; pero también es mi deber comentar que había más gente que en los 10 recitales de Coldplay juntos. Los dinosaurios tenían cara de “loco, va a caer otro meteorito si sigue entrando gente”. La representación de las personas de las cavernas decían “loco, el futuro está muy superpoblado”. Los insectos embalsamados se quejaban del murmullo, “loco, así no se puede estar muerto en paz”. Sí, las criaturas que habitan el museo dicen mucho “loco”, también noté eso con asombro.

A la salida del atornilladero de gente del museo, decidimos posar nuestros traseros en una mesa al aire libre en la hermosa esquina que ocupa el bar “La Rubia”, en Warnes y no sé cuál. Creo que es Bravard, pero mi sentido de la ubicación a veces es como un lupín perdido en un frasco de aceitunas.

Nos sentamos a comer unas carnes entre panes, a beber unas cervezas, mientras el pibero que habíamos juntado en el camino -más que nada compañeros de primaria- ocupaba su propia mesa baja estilo living y nombraba a un bicho que molestaba Cristiano Ronaldo, a riesgo de recibir una sanción de la FIFA.

Y así, en esa paz, juramos a futuro sólo participar de eventos pequeños, donde podamos sentarnos y alimentarnos y mamarnos como corresponde. Y yo juré la próxima disfrazarme de algo más fácilmente reconocible como el miedo a la muerte; todo el mundo conoce el miedo a la muerte.

Bueno, esto es un resumen de nuestras andanzas por las fiestas comerciales relacionadas de algún modo al paganismo. La verdad es que hubo muchas más aventuras, por ejemplo, Jack Sparrow y otra bruja nos recibieron en su hogar y nos prepararon una deliciosa calabaza rellena de queso y choclo. También vinieron a visitarnos amigos el domingo a la noche, con hijas amigas de nuestra conejilla, con quienes componen un grupo autodenominado Las Tigresas.

Al fin fue la excusa la fiesta apátrida para hacer lo que siempre hacemos, que es tratar de disfrutar la vida junto a diversas amistades, y pretender por un rato que somos personas más interesantes de lo que somos. En ese sentido, Halloween fue un diez.

Ahora, a pasar lo que queda del año con estos tristes disfraces de nosotros mismos, que lamentablemente tan bien nos quedan. Hasta el fin de año, mis valientes… ¡¡Que les llueva sidra en Navidad!!



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