• Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

IMITACIONES DE LA VIDA REAL...

Actualizado: mar 4


Ya no sé qué son indicios de un potencial COVID y qué síntomas de la vida de morondanga que llevo en cuarentena. Ando atento a la fiebre, que si aparece ya me guardo en una almohada hasta las olimpiadas del Quinoto. A continuación, la lista de síntomas actuales...

-Tos seca: cuando me quedo sin vino en boca.

-Cansancio corporal: me persigue desde mayo del dos mil dos.

-Dolores musculares: pueden ser a causa de las dos siestas diarias que duermo en el sillón.

-Molestias en el pecho: tangueras, melancólicas.

-Erupción y /o decoloración de los dedos de la mano o el pie: qué sé yo, nunca fui de un solo color y a las erupciones en las manos ya les puse nombre. La más grande es Cuca.

-Pérdida del gusto: ¿soy yo o la sal no sala, Charly?

-Dificultad para moverse y hablar: tipo Snape, always.

-Dolor de cabeza: ¿es que hay otra forma de vivir?

Mientras tanto, no hay grupo de riesgo que no me contenga: masculino, tipo sanguíneo “A”, sobrepeso, presión alta, historial cardíaco, y ahora lo último que se sumó a la lista de agravantes es calvicie. Me apuntan directo con el rifle, Bertold, ahora es personal. Falta conejo y canto bingo.

Si el COVID es Schwarzenegger, soy Sarah Connor.

Siempre me pasa lo mismo, hago un chiste con Schwarzenegger y después tengo que ir a googlear cómo se escribe. Esta vez no lo haré. Lo lamento, Arnold. La vagancia en cuarentena puede más que el miedo al equívoco; creo igual que en este caso lo escribí bien. Tanto va el cántaro a las fuentes...

Igual me pasa que un poquito como que quiero que se pudra todo. Sepan disculpar los que leen esto y dicen, “flaco, a mí se me pudrió todo hace ochenta días, ¿vos en qué barco vas?”. Pero me pasa eso, qué te voy a decir. Al mismo tiempo soy optimista como Keanu en micro con Sandra, y pesimista como Harrison colgando en la terraza con Rutger.

Como que quiero ir a lamer una góndola en un COTO infectado. Ya fue. Dadme el virus. Traed la fiebre, el respirador, el plasma. Que nos defina la enfermedad, hablemos médicamente.

No doy más de esta ambigüedad. Me pregunto si en cada uno de nosotros no existe siempre el debate, y si no fingimos fanatismo para salir del embrollo. En particular me refiero a la sensación de estar en cuarentena, ver datos del mundo y pensar al mismo tiempo, “lo peor ya pasó”, y “no, ahora vienen los zombis con lanzallamas”.

Pesimista: ¿la patria sigue siendo el otro si el otro tiene más de treinta y ocho de temperatura? ¿Qué pasa si se llenan los hospitales?

Optimista: En España ya se están tomando una cañita, y los tanos van en bolas al banco a rallar el parmigiano.

Y sí, el optimismo me sale medio absurdo. Qué sé yo.

Quisiera ser antivacunas, anticuarentena, antiperonista. Anti-algo. Quisiera ser del agro. Quisiera ser uno de esos que llevan el barbijo en el cuello para fumarse un puchito. El pasto siempre es más verde del lado de los conspiranoicos.

Carl Sagan dame amor, y un documental sobre la vida en otro planeta. En Japón vieron un OVNI. Nosotros somos los alienígenas de los alienígenas. La patria es Alien, el octavo pasajero. Sigourney Weaver, volvé. No tengo que googlear cómo escribirte porque te quiero, pero no tanto como el Alien.

Si la religión es el opio de los pueblos, le infectología es nuestra cocaína. Hoy leí que hay un virus nuevo en China, una cruza de la gripe aviar y porcina con potencial para convertirse en la nueva pandemia. Todavía no terminamos la entrada y ya están sacando el postre. Aguantame la secuela, Bruce Willis.

Mientras tanto, seguimos a la espera de que nos salven los laboratorios. El día que llegue la vacuna contra el COVID no queda un chorizo crudo en la Argentina. Hasta entonces, a hacer lugar para los internados. Que no nos pase como al resto de Latinoamérica. Porque nosotros no somos como el resto de Latinoamérica. Somos la otra Europa, la civilizada, que tiene más camas disponibles que prostíbulo en carnaval. Somos mejores que Suecia, que Italia, que España. En este mundial nos llevamos la copa. Que vuelvan los que emigraron en dos mil uno. Que vuelvan Gardel y la pera.

Porque tenemos salud y educación y no de esa manera sucia, socialista, como en Cuba o Venezuela. Acá el espacio público es un derecho; aunque la medicina no se entiende bien del todo si es un servicio público o privado, si vino a salvarnos o a desvalijarnos. Y ojo que no hablo de los médicos, que son como los santos de la vida real; o simplemente personas que eligieron carrera cuando no había este estado de pandemia permanente. Hablo de «la medicina”, aquel gigante cuyo insumo es la enfermedad.

¿Qué pasará cuando se llenan los hospitales y la gente vaya a internarse a los supermercados, a copar la heladera de los lácteos? ¿Cómo compraremos yogurt descremado cuando haya un abuelo convaleciente junto a la ricota? ¿Falta mucho para el Juicio Final?

Yo como que oigo cabalgar a los cuatro jinetes del apocalipsis, pero parece que es porque reabrieron la Rural para una feria de emprendedores del barbijo. Acá el que no hace tapabocas es porque no quiere. Hasta el Pato Donald se puso un puesto con Pluto y Elsa, la de Frozen, en la plaza de Antezana. Cada tanto pasa Mickey con el camión de Juncadella. Ese ratón sí que es rápido para el «clin caja».

¿En serio antes vivíamos tranquilos? ¿Íbamos al cine?

Probablemente no. Ya habíamos dejado de ir al cine, salvo cuando era inevitable: súper-héroes y Guerra de las Galaxias, o el más duro cine de autor en temporada de festivales. Y lo de vivir tranquilos… no desde que hay canales de noticias las veinticuatro horas.

Pero sí teníamos un equilibrio de manada. Una forma de persistir gracias al espíritu común –la religión, si se quiere- del consumismo. No por nada en cada evento especial comprábamos cosas. Las regalábamos, porque ese era el gesto más especial. “Gasté dinero en vos, porque te quiero”.

Lo peor de la pandemia es que nos aleja del espíritu materialista que daba sentido a nuestra existencia. Ahora compramos sólo lo esencial. ¡Abran los locales, que nos morimos de existencialismo!

Ni Netfliz y su intento por derribar la torre de Babel traduciendo contenido a todos los idiomas de la Tierra logra llenar tanto espacio. Eso, y los knishes de papa.

En esta cuarentena aprendimos a hacer knishes de papa.

La receta es tan simple que te sorprenderá…

Hay que pelar un kilo de papas. Cortarlas en cubitos. Hervirlas en agua con sal hasta que el mero gesto de moverlas con la cuchara de madera las quiebre; hasta que sean un fiel reflejo de nuestro estado emocional.

Luego: colar las papas, retirar el líquido. No hace falta ser intransigente en este paso; quiero decir, si queda algo de líquido, será parte del puré. Es hora de que aceptemos que nadie es perfecto. Esa es la enseñanza que nos trae el acto de colar las papas.

Ahora, lo importante: hay que pisar las papas y agregar sólo tres ingredientes. Sal, leche, y manteca. Y pimienta blanca. Este último ingrediente no cuenta porque es secreto. Es el espía del puré. El Sean Connery, antes de que Sean Connery hiciera esos comentarios ofensivos hacia las mujeres. O sea que es Sean Connery en 1935.

Entonces, pisar las papas, agregar la manteca. Medio pan de manteca del grande. Piensen que la manteca es algo bueno, ignoren la propaganda satánica que han estado recibiendo de parte de la industria de la comida light y de los talibanes del colesterol. Pongan manteca como si estuviéramos en cuarentena.

Luego, pongan leche. Leche descremada, porque tampoco hay que exagerar. ¿Cuánta? Qué sé yo. Es hora de que empiecen a desarrollar un instinto propio. Tampoco les voy a decir cuánto poner de pimienta blanca. Es más, voy a abandonar la receta en este momento.

Sólo voy a decir que para terminar se rellenan tapas de empanada hojaldradas con el puré. El puré va del lado de adentro. Después hay que darles forma de knishe. Y ponerlos al horno. El horno tiene que estar encendido.

Ya no sé qué más decir; ya no sé qué es indispensable, y que sobra. Avísenle a Schwarzenegger que esta temporada no vamos a necesitar de sus servicios... sin embargo, si se la cruzan a Sigourney, díganle que la esperamos con los brazos abiertos, y una bandeja de knishes recién preparaditos.

Muchas gracias.

Hasta la primavera.

Esto también pasará.

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