• Malena Higashi

PRISCILA ESTRADA, TEJEDORA DE TELAR

Actualizado: mar 4


Cuando desembarcó en Buenos Aires hace 14 años Priscila Estrada nunca imaginó que aquí descubriría un oficio. En su México natal, en su otra vida, trabajaba en publicidad. Ahora estamos sentadas en su taller, escoltadas por dos telares que miden aproximadamente 1,40 de alto y de ancho, hay lana y tejidos en las perchas, en la vidriera, en el mueble de mercería de la entrada. “Yo necesito orgánicamente tejer”, dice convencida.

Hace un año y medio abrió este espacio en Velasco 1450. El espacio lo comparte con su amiga Silvina Moreno, que con dedicación confecciona zapatos a mano.

El local conserva las vidrieras y las baldosas originales, pero este fue un trabajo arduo porque hubo que pulir el piso que había sido pintado de verde para que esta belleza saliera a la luz (parece mentira pero el decorado de las baldosas bien podría ser un diseño salido de un telar de Priscila: meticuloso y, como ella llama, preciosista). Supo ser durante años la librería escolar del barrio y cuando se reconvirtió en taller, la gente que lo frecuentaba se sorprendía de la cantidad de espacio que hay. “El lugar para mí es mágico. La gente entra y te cuenta que su abuela tenía un telar en la casa, rememoran anécdotas. Empiezan por el telar y terminan por otro lado. Los telares llaman la atención, son aparatos lindos y nobles”.

RAPUNZEL

Priscila nació en Veracruz de donde se mudó para cursar su estudios en el DF. De ahí vino a Buenos Aires y empezó a tejer por ganas y curiosidad. “Fue algo que siempre se me antojó pero no le había dedicado tiempo”. Primero tomó clases en la Municipalidad de San Isidro y después en Martínez con una maestra de telar. En el 2014 se va a vivir a Londres por dos años y ahí sigue estudiando, descubriendo telas, materiales y texturas en una capital con mucho desarrollo textil. Sobre la mesa hay una revista inglesa, Selvedge. Es una publicación que da cuenta de la diversidad de textiles, desde lo más exótico de Asia hasta los clásicos europeos. Es como viajar a través de las telas. Y ese período de formación fue también un viaje en el que el punto de llegada fue otra vez Buenos Aires, una ciudad en la que se siente a gusto. Reinstalada aquí, empezó a dar clases en su casa. Había conseguido un telar que remataban en una fábrica de alfombras que estaba por cerrar. Lo puso en el living y después llegó un segundo telar, originario de Suecia pero traído desde Bariloche. Lo puso en el comedor. La casa quedó tomada por los telares, que son los que ahora están en el taller.

De la mano de su madre, Priscila aprendió a tejer crochet y agujas y por supuesto, en algún viaje a Oaxaca vio telares y lanas, pero realmente nunca tuvo contacto con este tipo de telares allá. “Ahora me voy en mayo y voy a tomar un taller en el Museo Textil de Oaxaca, quiero vivir la experiencia de tejer en mi país y con suerte meterle algo de eso a mis tejidos. No sé qué va a salir de ahí, algo más experimental”.

Esto de experimentar va a sobrevolar la conversación. El tema es que hay dos tipos de telas, tal como explica Priscila. La tela común, que es un punto plano, y las sargas, que son dibujos. Después hay distintas técnicas y métodos para hacer los diseños. “Todo está escrito”, dice. “Hay libros y libros con los diseños hechos. Pero aunque todo está reglado, si alteras algo puedes tener un resultado distinto”. Me muestra algunos libros. Los dibujos de cómo tejer en telar parecen pentagramas de música. Otras cosas que suceden con esto de la experimentación: “cuando se teje los hilos cambian de color, un amarillo y un gris combinados pueden dar un lavanda. Una misma trama se puede ver muy distinta con combinaciones de colores diferentes”, dice desplegando algunas muestras sobre la mesa. Son tejidos de lana, hilo y seda vegetal.

Últimamente Priscila se ha copado, como dice, entintando la urdimbre, una técnica que se llama ikat. “No es teñir sino más bien entintar partes, pero no sé la técnica formal, estoy probando esto: con todos los hilos montados me siento frente al telar y doy pinceladas de color”. La tela que hoy cuelga en la vidriera está entintada. Es una pieza blanca que en el centro tiene un degradé sutil que va del verde y el celeste, pasando por un amarillo verde como una lima que luego vira a un bordó claro, rosado. Toda la tela es delicada y dan ganas de envolverse en ella. Pero en la génesis de todo este proceso está la lana, y primero hay que montarla. “Si hubieras visto lo que era esto, Rapunzel es un poroto”. La lana venía trenzada y su grosor era el de una boa constrictor. “Montar lleva tiempo, hay que cuidar que la lana tenga la misma tensión, que no se enganchen los hilos, ahora tengo que enhebrarlo. Lo más difícil es montar el telar, y me gusta más esta parte. Ya después es pedal, pasa, peina, pedal, y así”.

PENÉLOPE

En el taller se respira una energía fuertemente femenina. Puede que sea la sinergia de Priscila y de Silvina, o ese verde que aún permanece en el piso. En su Instagram (@estrada_priss) hay referencias al 8M y apoyo a la lucha feminista. La vidriera se tiñe de telas y zapatos verdes que acompañan. “El feminismo es algo que celebro. El telar no tiene género, pero sí rescato la figura de Penélope. Está vista como la mujer abnegada que se quedó esperando. Es cualquier cosa menos eso. Fue de las primeras personas que se pusieron a tejer y vendieron sus tejidos cuando ni había fábricas de telas. Ella se bancó sola porque su esposo se fue a la guerra. Tejía de día y destejía de noche porque otro hombre se quería casar con ella y ella le dijo que lo haría cuando terminara con ese tejido. Tejía eternamente, se estaba haciendo la viva. Hay que reivindicarla, zafó por su oficio, se bancó sola, fue una empresaria”.

Sobre su telar argentino hay un corazoncito colgando como un amuleto. “Me lo regaló una de mis mejores amigas que vive en México, ella es argentina. Lo colgué y lo amarré de una manera que no lo puedo sacar. Me encanta porque es mexicano”, cuenta. Amarrar sin soltar. “Algo que que me maravilla es todos esos hilitos hacen una tela que no te deja ver la luz, es algo sólido, bien fuerte. Es un hilito y otro, ni siquiera hay que hacer nudos, es un entrelazado de hilos. Yo tiro fuerte de esos hilos unidos y no se rompen, pero tiro uno solo y vuela. Me maravilla que un hilo se convierta en una tela”. La magia del telar.

Priscila reparte su tiempo entre encargos particulares de marcas que le piden telas para confeccionar prendas y lo que más le apasiona, que es dar clases. Lo hace con tanto entusiasmo que un alumno le dijo que ella no enseña, si no que evangeliza. Sus alumnos son variados y cada uno tiene una búsqueda personal. “Hay una señora mayor que le pone mucha garra, teje cosas para sus nietos. Después son todos más jóvenes, una chica que borda y que quiere hacer sus telas para bordar, otra persona que teje como yo cuando empecé y que quiere hacer bufandas y prendas preciosistas, con mucho detalle. Un chico que es diseñador gráfico que quiere hacer algo raro y extraño con el telar. Pasar este conocimiento a la mayor cantidad de gente me hace feliz. La gente se emociona, se copa, se entusiasma y asi dan mas ganas de dar más. Al principio la técnica les resulta difícil y luego se dan cuenta de que no”.

Los usos que se le pueden dar a las telas son múltiples. En el taller hay cuadernos forrados con telas de Priscila que encuadernó su amiga Romi y también zapatos de Silvina en donde la tela se mezcla con el cuero. Priscila le enseñó a usar el telar para que ella misma tejiera sus muestras para experimentar en los zapatos que hace. “El crossover de disciplinas me tiene entusiasmada. Qué puedo meter o sacar del otro, la idea de que una cosa no tiene que excluir a la otra”.

Priscila es una mujer sonriente y sensible. “Tengo mucho cuidado si estoy triste o enojada, después de estar ahí unas horas tejiendo sale en la prenda lo que llevas en la cabeza. Yo veo colgados esos paños y me acuerdo lo que pasaba en ese momento”. En esta breve conversación que mantuvimos, puedo decir otras cosas de ella. Es hincha de Atlanta y es de Virgo (un signo que le sienta perfecto, ligado a la meticulosidad y la prolijidad). Ama su trabajo y su vida, a su perra Bridget, que está siempre a su lado y que nos acompañó silenciosa pero muy presente.

Me voy. Y como la gente querida que te dice “Vení cuando quieras”, ella dice lo mismo pero con un agregado: “Vení cuando quieras a sentarte en el telar”. Su alumno no se equivocaba, Priscila evangeliza. Y lo hace de una manera contagiosa.

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