• Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

UN CONEJO ORIENTAL


Anduve por el Uruguay. Buenos lácteos, buena gente. Nunca vi un pueblo tan fanático de la panceta. Se la ponen a todo, a la pizza, a los chivitos, la usan de guirnaldas o se la enruedan al cuello a los niños en invierno para protegerlos de la falta de proteína vacuna. Y por eso creo que debemos aprender de nuestros hermanos orientales y darle rienda suelta al pastrón, nuestra respuesta magra al tema de la carne en lonjas.

Y ustedes dirán –casi que los escucho- pero nosotros ya le damos rienda suelta al pastrón, hoy en el barrio no hay boliche que no lo ofrezca acompañado de pepinos, entre panes. Se equivocan. Todos. Vengo de la otra costa y les digo que hay mucho por mejorar, mucho por aprender. Hasta que no vistamos el pastrón, estaremos rezagados.

Otra cosa que siempre digo y dije es que Villa Crespo tiene los mejores productos, incluso he bautizado a este fenómeno como “efecto soga de persiana”, término que hoy se utiliza en las mejores universidades del mundo a la hora de explicar que algo es bueno. Pero debo decir que el Uruguay nos gana en todo, mejor cerveza, mejores panes, definitivamente mejores murgas… ¿ya hablé de los lácteos?

Y uno vuelve ahora al barrio cual turista, después de solo tres días en el exterior, y es un reencontrarse con la cuadra como en ese tango de Gardel que nunca escuché entero, pero que explica perfectamente lo que siento. No sé qué de un farolito. Sin ir más lejos, bajando del taxi con una coneja dormida al hombro, ya el tintorero vecino acude a prestar una mano con los bolsos. Gracias, Carlos. Por esto y por todo.

Si no fuera Villa Crespense sería Uruguayo, lo admito. Y me gustaría empezar oficialmente un movimiento que apunte a posicionar a nuestro querido barrio como el “Uruguay porteño”. Puede que sea efecto de las vacaciones, no me odien si esto deviene en caos callejero y cacerolazos; quizás yo mismo mañana me levante cruzado y manifieste estar absolutamente en contra de esta propuesta que hoy promuevo.

El miniturismo es así, uno cree que le cambia la cabeza cuando en verdad es un viento pasajero, un remolino que remueve una capa superficial de hojarasca que al poco tiempo vuelve a caer, formando otros laberintos, pero consistente de lo mismo.

En fin. Oigo moverse a la coneja que entré dormida. Debo partir. Les dejo un saludo uruguayo, que consta de un apretón de manos y un beso en la nuca. Es como un desafío, el que llega a besar primero la nuca del otro gana. Me lo enseñó un artesano que olía a miel y hierbas. De más está decir que me ganó…

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