• Por Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

EL SER Y EL CONEJO


Breve es nuestro paso por el mundo (hasta que Google se ponga las pilas y solucione el problemita de la muerte). Un día somos puro peluche, y al día siguiente si no te ponés gorrito se te congela la pelada. Sí, los conejos no somos ajenos -o anejos- al flagelo de la calvicie masculina. Ni tampoco nos resbala el calvario de la vanidad. Por eso, desde hace ya unos años, cuando voy a la peluquería le pido a Juan Carlos que me pegue con plasticola un poquito de la pelusa que siempre le adorna el piso. Juan Carlos es un verdadero artista, la verdad que me deja un retoque impecable. El color resultante es un amalgama de tonalidades ocres y negruzcas. Lo bueno es que combina con cualquier tipo de zapatos.

A lo que voy es que el tiempo pasa y nos vamos poniendo tiesos. Y justo ahora me vengo a enterar que mi casa está en pleno barrio histórico de Villa Crespo. Y por algún motivo que desconozco, eso me hace sentir más viejo. Ya sé, es una de esas pavadas que andan flotando por el aire y buscan donde aterrizar, y uno le hace señas porque si no hay que pensar en cosas que son un bajón en serio, si la pavada no aterriza.

Pero lo cierto es que tengo una relación histórica con este barrio. Aunque no nací acá (uuuuuuuuuh, confesión de conejo), mi bisabuelo sabía tener un puesto en el mercado de la calle Serrano. Vendía zanahorias en vinagre, y nada más. Fanático de las zanahorias en vinagre. Compraba vinagre en bidones, y zanahorias por cajones. La casa de mi bisabuelo tenía olor a dulce muerte. Cuando íbamos los domingos nos servía rodajas de zanahorias en vinagre antes del almuerzo. Y mi bisabuelo era un salvaje del vinagre; con sólo ponerte el platito debajo de la nariz, se te llenaban los ojos de lágrimas. La excusa perfecta para llorar, las zanahorias en vinagre de mi bisabuelo.

Pero el padre de mi padre decidió mudarse del barrio, y luego mi padre se mudó de su barrio, y yo me mudé del mío, y volvimos acá, a cerrar una vuelta más del círculo. Supongo que eso es al final la historia, una calesita macabra sin sortija, y con un casete trabado de música circense.

Algún día mis hijos venderán esta casa y se mudarán a otros lares, así que espero que por lo menos este asunto del barrio histórico sirva para levantar el valor de la propiedad. Quién sabe, muchos años después quizás regrese algún conejo a Villa Crespo, a la extraña familiaridad de las calles de adoquines. Llevará el nombre de Bigotes con altura, eso es seguro, porque traemos esa genética de la estepa rusa, somos altos y peludos por todas partes salvo en la parte de arriba de la cabeza. Y para corregir ese detalle, nada mejor que pegarle una visita a Juan Carlos, que con un poco de plasticola y la pelusa que siempre le adorna el piso, te deja veinte años más joven.

A la Historia, salud…

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