• Por Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

UN CONEJO CON CALOR

¡Calor! Y, sí. Es enero, viejo, qué esperaban. Y por si eso fuera poco, el dólar zanahoria se fue a las nubes. (En realidad es diciembre mientras escribo esto, pero me gustan las predicciones fáciles, siempre me gustaron, como también me gusta pasar enero en Buenos Aires, porque la gente no está, se fueron todos a gastar el sueldo/sudor a otra parte, y yo acá, sin el control del aire, nunca encuentro el control del aire, y no entiendo por qué no le ponen botones a este aparato, te juro, es el único aparato del mundo que si no tenés el control, no te sirve para nada, Dios mío, cuánta injusticia social, y ni hablar del cemento, que recalienta cual ladrillo refractario, y este conejo se cocina al vino blanco, porque todos saben que el conejo es fino, es una carne delicada y amarga que necesita la dulzura de un Moscatel, por eso los conejos odian en general el vino blanco, porque les recuerda que ahí está la sin dientes, a la espera de que nos quedemos quietitos, pero che, no nos pongamos tan oscuros, que es verano y hay que ir a la pileta...). ¿Se acuerdan de las pistas de patinaje sobre hielo? Villa Crespo es más de andar en rueditas, es cierto, pero el patín sobre hielo tenía la gran ventaja de que apenas entrabas al local se te venía el frío a los bigotes, podías sentir el consumo eléctrico peleando contra las inclemencias de la naturaleza, en una guerra que al fin el consumo eléctrico perdió, porque vinieron los cortes programados y adiós al patinaje sobre hielo. La pista se te derretía y no la recuperabas ni con cuarenta bolsas de Rolito, mejor te tomabas un Ribotril y a cambiar de rubro. Los ex-dueños de pistas de patinaje son fáciles de reconocer: ven una heladera con freezer y lloran. No sé porqué Villa Crespo nunca fue de esa partida. Para deslizarse sobre el hielo había que ir mínimo a Caballito, cuando no a Flores. Yo tenía unas botitas que les clavaba abajo unas gillette; era un estilo no reglamentario, pero ¿sabés cómo sacaba viruta? Era una lluvia, cada frenada. Y después, de vuelta en el barrio, un heladito nacionalista en Malvinas, y a ver qué daban en la tele, con el ventilador cabezón que iba de una punta a la otra, y si te ponías en la punta valía doble, porque tardaba dos tiempos en cambiar de dirección, y era ideal también para acercarte a las astas y mandar un “Luke, soy tu padre”, salía igualito. (Sí, ya sé que estoy re hincha con Estar Guors, pero porque todavía no la pude ver, y entonces me ronda le mente, me ronda, me ronda, como el ruido de aquel ventilador, como las botitas con suela de gillettes, como todo lo pasado en general, como el General, todo se va, todo vuelve, menos las pistas de patinaje sobre hielo, esas se fueron, supongo que las mató el auge del aire acondicionado, en la época en que tenían botones y no tenías que andar buscando el control remoto abajo de los almohadones del sillón del living). En fin. Yo igual, ¿sabés lo que hago? Saco una cubetera del freezer y la vacío en un tupper, y me le siento al lado, con una copita de vino blanco, me voy adobando despacito con un Moscatel bien frappé, porque no le temo al destino, solo a la calor, y porque me gusta pensar que la sin dientes, cuando me venga a buscar -si es que sigue este calor, espero que sea pronto- dirá pucha, qué rico está este conejo, se ve que supo lo que es vivir. Salud a todos. Buen verano...

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