• Por Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

UN CONEJO EN PRIMAVERA

Dicen que la primavera la sangre altera. Y quien soy yo para ir en contra de los mandatos estacionales. Así que me sumo a la alteración general, saco la zunga rosa y me dirijo raudo a meter patitas en la fuente. Gracias a Dios pasamos el invierno. Yo, lo pasé hibernando. Tarde me enteré que los conejos no hibernan, pero las costumbres pueden más que los instintos. Grande fue mi sorpresa, entonces, cuando al despertar de una siesta corta de tres meses, descubrí que Alfonsa y quien les escribe nos hemos convertido en alegres progenitores de catorce conejitos. Ahora entenderán por qué me fui raudo a la fuente, porque a la hora de comer, en casa vuelan las zanahorias. Tarde me enteré que los conejos no comemos tanta zanahoria. Parece que es un mito popular. Pero el verdulero Iván me deja en oferta tres kilos a veinte pesos. Una verdadera ganga. Se preguntarán los lectores más asiduos de esta columna como es que nunca se enteraron de la existencia de Alfonsa, y cómo es que ahora se desayunan que un tipo suelto como eu de pronto es padre de tamaña cría. Qué puedo decir, más que los acompaño en el sentimiento. Alfonsa es una coneja de alta alcurnia, según dicen en la cuadra, heredera directa de un conejo que tenía el Dr. Antonio F. Crespo en la fábrica nacional de calzado, que al parecer dio origen al barrio que nos convoca. Cuando digo al parecer, es porque está en la Whiskypedia®. Y usted dirá, Pepe, eso es lo primero que aparece cuando uno busca Villa Crespo, ¿no hay un dato más excéntrico para esta columna? A lo que yo contesto, porque no me venís a cuidar los catorce conejitos, y yo me dedico a buscar datos oscuros sobre la república de Villa Crespo, haceme el favor... La cosa es que Alfonsa, según dicen en la cuadra, es descendiente de Bernardo, un conejo muy guardián que habitaba el patio de la fábrica de calzado. Bernardo, dicen, fue nombrado así por la parroquia de San Bernardo, que a su vez también quería darle nombre al barrio, no le alcanzaba con un conejo, por más guardián que fuera. Pero a Bernardo -el conejo- esta disputa inmobiliaria lo traía sin problemas. A él lo único que le preocupaba eran los zapatos de cuero. Adorna la pieza que ahora compartimos con Alfonsa -y con catorce conejitos- una foto blanco y negro coloreada a pulgar de Bernardo enfundado en un zapato marrón, que según dicen había diseñado él solito, basándose en un zapato italiano que una vez lo había pateado a traición. Sin ser rencoroso, Bernardo había guardado en su memoria la imagen del zapato, para años después sugerir el diseño -porque era un tipo humilde, Bernardo, él sugería nomás- a los obreros de la fábrica en la que laburaba de sereno. Se rumorea que Sáenz Peña en persona vino a probarse los zapatos de Bernardo, pero no le gustaron. No se llevó ni un par. Y así es que a la Alfonsa todavía se le pianta un lagrimón cuando pasamos por Murillo y ve el cuero. Y no porque sea sentimentalista de la vaca, como algunos andan diciendo. Si la ves en un asado te queda clarísimo que el único sentimiento que le despierta a Alfonsa la vaca es el hambre. Es por Bernardo, y sus famosos zapatos de cuero marrón, despreciados por Sáenz Peña, pero amados por don Antonio Crespo, que se llevó un par a la tumba, así de cómodos eran. En fin. Me dicen por acá que hay gente relacionada a esta revista que también anda esperando cría. Parece que mellizos. Uuuuuh, mellizos. Les digo una cosa, hagamos un arreglo. Un día yo les cuido a los dos pichones de humano, otro día ustedes me cuidan a los catorce conejitos. Les voy tirando los nombres para que se acostumbren, son: Bernardo, Bernardito, Bernarda, Pepe, Pepito, Pepe 2, Lautaro, Antonio, Pepe 3, Sáenz Peña, Zapata, Mugre, Robertino y Diego Armando. Y si Diego Armando no me sale futbolista, me voy del país con Mirtha Legrand. Eso solo les digo. Feliz primavera, les desean Pepe y los suyos...

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