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CAFÉ LEBANON


Llegamos a Greenbelt, barrio suburbano de Washington vestido de verde hierba y peonias. Vinimos a buscar la comida árabe que encargó Valeria para la cena. Emocionada, voy de copiloto de mi hija, la tarde de mayo es cálida y localizamos enseguida al Café Lebanon. Nos acercamos a la caja donde está atendiendo el hombre de gorro púrpura y camiseta gris, le sobresale la panza frente a la computadora. Ella le dice que hizo un pedido de kepes, cordero, laban, tabule, él le cobra y le avisa que tenemos que esperar.


El restaurant tiene mesitas pequeñas de cuatro y dos sillas, nos sentamos en una mesa para dos con un florerito al centro, allí todo es cálido y pequeño. Se acerca la joven y nos pregunta en inglés con acento ¿Café americano o árabe? Árabe le dice Valeria, a la mujer solo le veo los ojos, está envuelta toda ella en un manto de tela leve. Casi diez minutos después nos trae el café en el jarro enlozado antiguo, que está desportillado por el uso, no los sirve a cada una en tacitas para que tomemos de a poco. Qué placer me da agarrar el jarrito blanco casero para servirnos, tomo el café y elevo como una plegaria: ´´el olor del café es geografía /el olor del café es una mano /el olor del café es una voz que llama y atrae /el olor del café es voz y alminar (volverás un día)´´ que nos dice Mamuhd Darwish.



Esta mañana al despertarme, no sabía que íbamos a festejar así el día de la madre.  Sí, que mi hija me llevaría a dar mi segunda dosis de vacuna contra la COVID y luego a dar un paseo. 


El café es un momento de encuentro y, hablamos entre madres. Ella me pidió que hable de la mía, de su abuela y, de su bisabuela Leonarda, quienes preparaban el café árabe profundo en aromas como en el Lebanon ´´el olor del café es una flauta en la que canta el agua de las lluvias, un día se retira el agua y quedan los ecos´´recordamos otra vez a Darwish. Para nosotras, Líbano, también es un eco lejano que sufrimos, a Juan Adad, mi abuelo sirio-libanés, el mito familiar fundante. No lo conocí más que en el retrato ovalado y retocado que tenía mi abuela en la sala de la casa. Pero estaba presente en la nostalgia que teníamos de él las mujeres de la familia. La épica sobre su emigración siendo niño a, Washington luego Buenos Aires, de lo guapo que era, decían que, hablaba francés e inglés además del árabe y que había aprendido castellano y lo que hizo como comerciante en Bolivia cuando emigró al pueblo de Vallegrande en Santa Cruz de la Sierra.


Se había casado con mi abuela, nieta de un hombre de negocios, huérfana de sus padres.

Años después, habían hecho el viaje al Chaco en mula, con la familia, compuesta de tres hijas y tres hijos y el amor invariable de mi abuela por él. El viaje que había sido planeado hasta Buenos Aires por tren, fue interrumpido en la frontera, dónde tuvieron que quedarse a vivir provisoriamente, porque en 1932 se desató la guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay. 


Años después la muerte del abuelo de un paro cardíaco a la edad de cincuenta y cuatro años, hizo de ella, la viuda eterna, quién quedó atada a ese pueblo que la vio llegar de paso. 




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