• Por A.S.

NAHUEL VECINO

Actualizado: mar 4


Es el año 2003. Temprano a la mañana en el café ABC, sentado en una mesa junto a la ventana, Nahuel Vecino toma un cortado. Hay un libro sobre la mesa pero no lee. La mirada se posa en el ir y venir de la gente por la avenida Scalabrini Ortiz. En su cuaderno hay notas, dibujos, bocetos. Algunas ideas. Sobre Castillo, frente al ABC, está su casa, que también funciona como taller. Por estos días, Nahuel está preparando su primera muestra en el Malba. Hasta no hace mucho, mostrar en el Museo de Arte Latinoamericano era algo impensado. No muy lejos de su casa, cruzando Estado de Israel, la Galería Belleza y Felicidad había empezado a ser el espacio de contención de muchos artistas jóvenes y, tan solo un par de años atrás, lo habían invitado a exponer ahí: Gumier Maier, el curador del área del C.C. Rojas, lo había visto y rápidamente había tenido su primera muestra ahí en un momento clave.

Nahuel pintaba y dibujaba desde que podía recordarlo. Había estudiado en la Pueyrredón y antes de entrar en esta vorágine de reconocimiento, había decidido empezar a mostrar su obra donde fuera. Si ninguna galería lo aceptaba, se había dicho a sí mismo, estaba dispuesto a mostrar en cualquier lado. Pero nada de eso había sido necesario. Lo habían seleccionado para la beca Kuitca y ya participaba en ArteBA. Con solo 26 años, la muestra en el Malba era entonces un paso clave en su objetivo de convertirse en un artista profesional. Todo parecía encaminarse y Nahuel estaba dispuesto a pelear como un hábil y astuto ninja para conquistar su lugar.

A Villa Crespo llegó siendo adolescente. Su papá había comprado un PH para refaccionar en Malabia y Jufré. Corrían los años

noventa y el barrio era un reducto de casas tomadas, locales vacíos y poca vida. Todos los días iba caminando al colegio Avellaneda donde hacía la secundaria. Tocaba el bajo y, con su mejor amigo Lucas Martí, armaron una banda a la que llamaron A Tirador Láser. De a poco, Nahuel y el barrio se fueron amigando.

Con la esperanza de que aprendiera de los mejores, su papá, que era orfebre y también coleccionista de fascículos y revistas de arte, le había mostrado de chico a todos los grandes maestros de la pintura. Goya, Delacroix, Velázquez. Tal vez Nahuel, en todo caso, trataría luego de romper las formas aprendidas. Solo que Nahuel no quiso romperlas. La pintura clásica y sus maestros serían su primer amor. Y ese encuentro apasionado con los grandes maestros lo llevaría a bucear cada vez más y más profundo, a buscar el eco de esos tiempos remotos en todas las cosas que lo rodeaban.

II

2006. Nahuel escribe un libro. Se llama El secreto de las musas editado por Dos Fuerzas. Ahí cuenta que su abuelo se llamaba Jacobo David Vijnovsky. Su padre había sido un ex bolchevique revolucionario de origen lituano que emigró a la Argentina a principios del siglo XX. Su abuelo le decía “Lo único digno de realizarse en la vida de un hombre es la búsqueda de lo que le es esencialmente propio”. Según el “sólo aquel que pudiera lograr alguna certeza, algún indicio genuino con respecto a lo íntimo de su ser, podría acercarse a esa posibilidad de la vida que llamamos plenitud.” Esta y otras máximas son parte del legado que le dejó su abuelo. Palabras que lo llevan a crear sus propias máximas.

III

2008. Todos los diarios anuncian que el director de El Padrino empezó a filmar una película en Argentina. Nahuel ya es un pintor conocido y una tarde recibe un llamado. Francis Ford Coppola quiere conocer a los referentes locales de la vanguardia artística y él está en la lista. Nahuel fantasea toda la semana con el encuentro. Finalmente llega el día. Francis lo visita en su taller de Villa Crespo. Charlan un poco. Coppola mira con interés los óleos y dibujos. Después le pide a Nahuel que le cuente sobre el barrio. Le dice de ir a tomar un café. Sin dudar Nahuel lo lleva a ABC. Ahí está Cacho, el mozo de siempre. La gente empieza a reconocer a Coppola. Pasan y se sacan fotos. Cacho también.

Al día siguiente, como todos los días, Nahuel está sentado en el ABC. Cacho conversa con otro cliente.

¿Sabés quien estuvo ayer acá? Coppola.

- ¿Coppola? ¿En serio? ¿El de Maradona?

- Noooo. Coppola, el director de cine.

- Ahh, sii.. ¿De qué película es?

- Ehhh… Hugo, ¿qué hizo este Coppola?

Otro cliente aporta - “Es el de El Padrino”.

- Ahhh. ¿y quién lo trajo?

- El dibujante.

El dibujante es Nahuel, que escucha atentamente toda la conversación aunque hasta ese momento lo tratan como si no estuviera presente.

- ¿Éste?? ¿Éste de acá?

- Sí, sí. Ese.

Durante las semanas siguientes, Nahuel adquiere en el ABC una importancia excepcional. Es “el dibujante”, “el que trajo a Coppola”. “¿Cuándo va a traerlo de nuevo?” es la pregunta que se repite por espacio de un mes hasta que, pasado ese tiempo, nunca más se vuelve a mencionar la anécdota, ni nadie más le vuelve a preguntar.

* * *

Nahuel está sentado en Nápoles, donde suele juntarse con sus amigos en el barrio. Uno de los mozos se acerca y le dice: “Te vi ayer en un programa en Canal á. Muy bueno el programa”.

IV

2018. Nahuel se levanta muy temprano. A las 6 de la mañana ya está arriba. Después de vestirse, sale a tomar un café. Imperio o Guappa son algunos de los bares preferidos para este ritual que practica desde hace tiempo y que tiene mucho de religioso, aunque él no practique ninguna religión.

Pinta todos los días así que, todavía temprano, después del café, parte hacia su taller que ahora queda sobre la calle Paysandú, en esa zona medio laberíntica donde se fuerzan los límites del barrio con La Paternal. El taller es un gran ambiente lleno de luz. En la cocinita integrada Nahuel prepara café La Morenita. Le gusta el café malo. Tiene una Volturno recauchutada pero el café nunca termina de subir.

Su obra puede verse por todas partes: hay varios marcos dispuestos juntos como en una especie de Layout de Instagram (Nahuel adora el Instagram, pero piensa que es adictivo, que debería dejarlo). En una pared se agrupan varias pinturas azules hechas sobre papel de fiambre con la técnica antigua de pintura al huevo. Hay un chico en slip, un perrito, un cuadro geométrico, plantas, un teatro romano. En otro grupo la distribución instagramática reúne obras en verde, azul y rojo. Hay unos sillones y una biblioteca. En el centro, una mesa gigante que parece de ping-pong está repleta de dibujos, pequeños óleos. Hay paisajes, guerreros, padres y madres con hijos que parecen nobles romanos. Más lejos, una tela sobre el piso que está blanqueando con bicarbonato. Al lado está su bajo y al verlo se acuerda de que lo tiene que mandar a arreglar: un perro le hizo pis encima.

En un rato llega Mariana Chaud, una dramaturga con quien está escribiendo una obra de teatro. Nahuel también está escribiendo un cuento y acaba de armar una nueva banda que se llama Art Contemporain, junto a su amigo Nico Moguilevsky, aunque todavía nunca se juntaron a tocar.

Hace un par de meses, el cocinero Francis Mallmann elige unas obras de Nahuel Vecino para su casa en Patagonia Sur.

Pasado el mediodía, Nahuel parte hacia el taller de Scalabrini al 800, donde hace poco volvió a dar clases de dibujo y pintura. Un espacio dirigido a gente con ganas de pintar, más allá de su nivel técnico.

Nahuel no viaja mucho, y cuando está en la ciudad prefiere quedarse por el barrio. Se sienta en un café. También le gusta caminar. Sus observaciones del mundo conforman una biblioteca de imágenes que Nahuel contrasta con su mundo interno, agitado, sensible y romántico. De ese estado de ecuanimidad nace el chico que junta las latas, el obrero, la vagabunda, el guerrero, el policía, el jugador de fútbol. Personajes de la vida (¿del barrio?) que se filtran en la cabeza de Nahuel para volverse trazo.

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