• AVC AMO VILLA CRESPO

EL MIRADOR COMASTRI


Ilustración por Josefina Jolly para avc

A fines del Siglo XIX Villa Crespo todavía era una zona rural de quintas. Una de esas quintas pertenecía a la familia Comastri. Agustín Comastri había nacido en Italia en 1830 y en Argentina se casó con su novia italiana, Clementina Cataldi. Compraron un terreno de unas 60 manzanas en un remate y años después construyeron ahí su mansión de estilo neorenacentista donde vivieron con sus diez hijos. Los Comastri se dedicaron a la construcción y venta de ladrillos, al cultivo de árboles de mora y de gusanos de seda y también tuvieron viñedos.

En 1875, Agustín Comastri hizo construir un mirador en el centro de la quinta, en lo que hoy ocupan las manzanas de Loyola, Fitz Roy, Aguirre y Bonpland. En una finca tan grande, era habitual tener un mirador para poder observar desde arriba todo el terreno y resguardarse de los posibles ataques de los malones.

Rodeado por un jardín de palmeras añosas de distintas especies, olivas y magnolias, su estructura simétrica, con columnas de metal en el frente para sostener la galería, es obra del arquitecto y pintor Eugenio Biaginie y está inspirada en la Catedral italiana de Santa María de todos los Ángeles de Florencia. La residencia posee dos plantas de distintas dimensiones y en el centro de la parte superior se eleva la torre, coronada por una cúpula de forma cónica adornada con vidrios de distintos colores. Al mirador se subía por una escalera de mármol que desembocaba en otra de madera, para finalizar en un tercer tramo “caracol” construida en hierro. La torre supo tener un reloj que sirvió de referencia durante largo tiempo, un pararrayos (el primero en la ciudad) y una gran lámpara a gas que se encendía por las noches para orientar a los que llegaban al lugar. En el sótano estaba la bodega y la entrada a los túneles que llegaban hasta el Arroyo Maldonado.

Dicen que la casa familiar se convirtió en un centro político y social por donde pasaron destacadas figuras de la época, como los presidentes Nicolás Avellaneda, Carlos Pellegrini y Bartolomé Mitre, y que además fue el escondite de Hipólito Yrigoyen durante la llamada “revolución radical” de 1893. Luego de la muerte de la viuda de Comastri, el predio fue alquilado al Consejo Nacional de Educación para funcionar como hogar de “niños débiles” y finalmente vendido al Estado. “Luego funcionó como jardín de infantes y en la época de Perón fue residencia para alumnos del interior. En 1958 se traslada la escuela secundaria”, nos explica Susana, bisnieta de Agustín Comastri.

Actualmente oculto dentro de la Escuela Técnica Nº34 “Ing. Enrique Hermitte”, inaccesible a la comunidad, pocos vecinos saben de su existencia y de su importancia para el patrimonio cultural, no solo del barrio sino de toda la ciudad. “El edificio está cerrado hace 40 años. Nadie lo usa: ni los vecinos, ni la escuela, ni la comunidad” cuenta Raúl Comastri, tataranieto de Don Agustín y uno de los impulsores de la recuperación del Mirador junto a otros descendientes y vecinos. Raúl es arquitecto y fue alumno del Colegio Hermitte y luego también profesor. Siempre estuvo comprometido con la recuperación del mirador. “En 1988, cuando me recibo, hicimos un trabajo en conjunto con la Facultad de Arquitectura con el objetivo de poner el tema en el tapete y sensibilizar a la gente. Así logramos que se declare al mirador como Testimonio vivo de la Memoria ciudadana. En esa época el edificio se caía a pedazos y nadie hacía nada”.

En 2000, el entonces Jefe de Gobierno Andrés Olivera, instruye hacer un relevamiento patrimonial del edificio. “Se hace un trabajo único, excelente, minucioso”, cuenta Raúl. Olivera había puesto en valor la Casona de los Olivera perteneciente a su familia y quería hacer lo mismo con el Mirador. El mirador es uno de los únicos edificios que queda en Buenos Aires de cuando la ciudad era campo, junto con el Mirador Olivera y el Mirador Salaberry, por lo que su importancia trasciende el barrio. Sin embargo, no consiguieron fondos para su recuperación.

En 2004 los familiares y vecinos iniciaron algunas acciones de reconocimiento cultural y lograron que el Mirador Comastri fuera declarado “Sitio de interés cultural en la Legislatura” y también sitio de interés turístico. En esa época, estando cerrado, el Gobierno de la Ciudad organizaba unos tours que llevaban a grupos a visitar el lugar.

Por esos años saltó a la vista uno de los grandes problemas que enfrentaría el Mirador: El predio pertenece al ámbito del Ministerio de Educación, pero el edificio está catalogado como patrimonio cultural y, como tal, es el Ministerio de Cultura el que debería garantizar la preservación del edificio. “Educación siempre manifestó que nunca iban a poder invertir fondos en un edificio que no iba a ser destinado a la educación”, cuenta Blanca, una de las vecinas que también lucha por la recuperación. Sin embargo, los vecinos iniciaron gestiones en ese ministerio, aunque el saldo no fue favorable. "Desde Educación propusieron reconstruir el mirador con hormigón armado, un proyecto que desvirtuaba completamente su valor patrimonial. Alegaban que el edificio era irrecuperable, que se venía abajo”, cuenta Raúl. “Era contradictorio, decían que no había fondos pero al mismo tiempo presentaban un proyecto de hormigón. No involucraban a gente especializada y comprometida con el tema y tampoco conversaban con nosotros los vecinos”. Todos acuerdan en que cuando se hizo el proyecto de hormigón, gran parte de ese error surgió de las autoridades del colegio. “La escuela siempre nos pateó en contra. Las autoridades generaron siempre mucha presión a través de vinculaciones políticas. La directora proyectaba tener su despacho arriba y aún hoy no nos deja entrar y lo llama “el Mirador del Hermitte”, cuando el mirador es de la comunidad”, cuentan los familiares.

Ante las adversidades no descansaron: convocaron a los medios, a los especialistas, elaboraron un informe y finalmente lograron detener el proyecto de hormigón. Para presionar de una manera más organizada decidieron conformar entre vecinos y familiares un grupo que llamaron CAM “Cuidemos al Mirador”. En 2005 se acercaron al Ministerio de Cultura para informar el riesgo que corría el edificio y pedir que interviniera gente especializada. “Educación y cultura por primera vez intentaron trabajar en conjunto, aunque la gente de educación seguía con su línea, tomaba decisiones una arquitecta que no tenía idea de patrimonio”, dice Raúl.

En esas idas y venidas, se desploma el ala derecha del mirador. Con el cambio de gestión, CAM se reúne con el ministro de cultura, Hernán Lombardi, -que conocía de cerca el tema porque frecuentaba el barrio- quien manifiesta su interés y toma la decisión política de que Cultura avance con el proyecto de recuperación. “En la única visita que pude hacer, noté que a nivel restauración se hicieron cosas terroríficas, pero poniendo en la balanza, de lo que iba a llegar a ser, habiendo frenado el hormigón, pensamos “por lo menos no se siguió derrumbando”, dice Raúl. “Los vecinos hemos logrado mucho, todos los pasos fueron importantes. Y hay que destacar que no es una gestión que pertenezca a un gobierno, pasamos diferentes gobiernos y colores políticos y siempre nos hicimos escuchar. Desde el Profesor Diego Del Pino, historiador, que dedicó gran parte de su vida al mirador con mucho amor e instaló el tema en las instituciones barriales, y en cada acontecimiento en el barrio siempre hablaba del mirador. Pedía “Trabajen por el mirador, recuperen el mirador”, recuerda Blanca.

Quien se detenga a mitad de cuadra sobre Bonpland, entre Loyola y Aguirre, podrá vislumbrar, a través de las rejas de la escuela, el famoso Mirador. Hermoso pero inaccesible, vacío. “Se terminaron las dos primeras etapas proyectadas pero ahora hace tiempo que está parada la obra”, dice Raúl, que sigue de cerca el tema como nadie. “Al final de la segunda etapa pedimos una reunión para decidir el uso que se le iba a dar al edificio, pero no nos recibieron. Nos juntamos con periodistas de Clarín y ellos publicaron una nota donde decía que Cultura les había informado que ya estaba proyectada la tercera etapa. Nosotros iniciamos gestiones en la Defensoría del Pueblo porque no sabemos qué estado tiene actualmente el edificio y nos nos informan ni consultan nada. Los de la escuela me contaron que el arquitecto que estaba a cargo le dio la llave a la directora con un acta y ella pidió que la aplaudieran de pie diciendo que había recuperado el mirador”, cuenta Raúl.

El pedido es claro: Que se respete nuestro patrimonio, que es parte de nuestra identidad y nuestra memoria, que podamos ser partícipes de las decisiones y que el mirador vuelva a ser de la comunidad, de los vecinos y de los familiares que desde hace más de 30 años luchan por su recuperación, para que ya no tengamos que mirarlo desde afuera.

el Mirador en 1900

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