• Por A.S.

LA UNIÓN HACE LA FUERZA

Escuchamos hablar de ellas pero tal vez nunca nos detuvimos a pensar realmente por qué existen, en qué consisten, quiénes son aquellos que, cada cual en su tiempo pero en contextos no tan distintos, deciden unirse para llevar adelante proyectos que tendrán en sus cimientos la solidaridad, con lo humano y no el lucro como objetivo primero, ya sea levantando lo que sus patrones fundieron o gestionando espacios nuevos basados en una economía justa y social.

Las cooperativas y autogestionadas no son nuevas ni en Argentina ni en el mundo. En Villa Crespo, una vez más, se da algo muy especial: son varias las que nacieron acá y otras tantas a pasitos. Sin ir más lejos, la famosa orquesta que formó Osvaldo Pugliese fue una cooperativa. Su militancia en el Partido Comunista era congruente con la ideología que profesaba con los músicos de su orquesta; cualquiera de los integrantes podía llegar a cobrar más que Pugliese. Esta dinámica favorecía el trabajo creativo de los músicos que siempre bancaron a muerte a su director. No dejaron de tocar cuando él estuvo preso y solían poner un clavel rojo sobre el piano en su ausencia.

Ese espíritu colectivo se encuentra hoy en las cooperativas del barrio. Cada cual en su rubro, los puntos que tienen en común son tantos que incluso existe un movimiento de Cooperativas de la zona con actividades y talleres para conocerse, compartir aciertos y ayudarse mutuamente. En todos los casos, lo interesante es que están siempre dispuestos a renunciar a un bien individual por un bien mayor, el bien común.

ALÉ ALÉ, BATTAGLIA Y LOS CHANCHITOS

Estos tres restaurantes emblemáticos del barrio se convirtieron en cooperativas cuando sus dueños comenzaron un vaciamiento para cerrar todos sus locales durante 2011 y 2012. El primero fue Alé Alé. Sus trabajadores se dieron cuenta de que la única salida para poder sostener sus puestos de trabajo era justamente la conformación de la cooperativa. Luego de una ardua lucha y tras resistir cuatro intentos de desalojo, firmaron un acuerdo que les permitió primero permanecer hasta mediados de 2014 en su local original, que estaba en Estado de Israel 4503, y luego, como el edificio ya estaba vendido, en otro espacio ubicado a pasitos, en Cabrera 4260, en Palermo.

“Ellos fueron los que más sufrieron, porque los desalojaron y tuvieron que mudarse de lugar”, cuenta Omar, de la Cooperativa Battaglia, otro de los restaurantes que tenían los dueños de Alé Alé y que también se formó como cooperativa en 2013 para evitar el cierre. “Querían vender el edificio y dedicarse a otra cosa. Nos dijeron “a fin de mes cerramos, se tienen que ir”. Entonces, tomamos el local”.

Battaglia existe desde 1995 en la esquina de Scalabrini y Castillo y para 2013 ya estaba bien instalado en el barrio. “Los vecinos vivieron el cambio con nosotros y fue muy positivo.”, comenta Javier, que también participó en la conformación de la cooperativa, y sigue: “La experiencia es buena pero al principio no sabés con qué te enfrentás. Pasás de trabajar para un patrón a trabajar para vos y para otros 30, porque también trabajás para todos y todos trabajan para vos. Hoy en la cooperativa somos 32 y todos pensamos diferente. A la hora de tomar decisiones importantes a veces es complicado porque somos muchas voces, pero si se hacen las cosas bien, esto sigue su camino”, reflexiona Javier. “A la hora de trabajar, por más que pensemos distinto, tiramos todos para el mismo lado. El cooperativismo es un sistema que funciona muy bien.”

Battaglia sigue siendo uno de los restaurantes más tradicionales del barrio, una esquina frecuentada tanto al mediodía como por la noche por vecinos, grupos de señoras, amigos, parejas y muchas familias con chicos que aprovechan la interesantísima zona de juegos. “Tenemos generaciones que venían con sus padres y hoy ya vienen con sus hijos”, cuenta Javier. “Hoy, a pesar de que pagamos carísimos los servicios, la decisión es no bajar la calidad. Compramos carne muy cara, pero la pagamos cara porque es muy buena. El buffet de ensaladas es otro de nuestros puntos altos, pero porque la calidad es excelente. También las pastas caseras, que son amasadas acá, con el mismo pastero de siempre”, agrega Omar.

Battaglia es además una de las sedes del Bachi Crespo, un espacio gratuito para quienes quieren terminar el secundario. El proyecto empezó a funcionar en 2011 en el Club Atlanta y este año Battaglia se sumó a la propuesta. Además, a través de la Comisión de Asociados del Banco Credicoop que organiza actividades entre cooperativas del barrio, se relacionan y ayudan con otros compañeros. “Hacemos reuniones y talleres para hablar temas de cooperativas. Planteamos los problemas que tenemos y entre todos buscamos soluciones. Te empezás a dar cuenta de que casi todos tenemos los mismos problemas”, dice Omar.

Nos quedaba pasar por Los Chanchitos, frente al Parque Centenario. Este bodegón, que también tiene su espacio tipo rotisería, nació como cooperativa el 25 de abril de 2013. “Es una fecha que no olvidaremos ya que ese día decidimos recuperar nuestra fuente de trabajo”, cuentan. Con el restaurante en convocatoria de acreedores y sus derechos laborales avasallados, siguieron el camino iniciado por los otros restaurantes de la misma cadena. “No solo recuperamos nuestra fuente de trabajo, ya que para muchos de nosotros perderlo hubiese sido definitivo por nuestra edad, también recuperamos nuestros derechos, la calidad de nuestro servicio y la clientela, que ya había dejado de venir porque esto estaba abandonado, sucio, daba vergüenza ajena”, relata José, quien está a cargo de la administración y trabaja como mozo en el salón desde 1998. Hoy sus dos hijos también trabajan en la cooperativa. “Eramos 29 y ya somos 36. Hay compañeros que ya se están retirando y los nuevos incorporados son todos descendientes. Queremos incluir a nuestros hijos y que tengan una fuente de trabajo propia. Aunque la gastronomía es muy esclava, esto al menos les da la posibilidad de tener su dinero y ser independientes”, dice José.

En Los Chanchitos podés comer riquísima parrilla, pastas, la famosa pizzanesa -creada por ellos en los años 80 y hasta patentada-, y otros platos típicos de la cocina porteña que siempre salen en porciones generosas. “Por suerte estamos trabajando muy bien gracias a una clientela muy amplia y fiel. Nos ganamos la confianza de la gente y eso nos permite mantener la calidad y la abundancia. Muchas veces escucho: “Ese restaurante se cayó porque bajó la calidad”, y no es así, es al revés. Lo primero que baja es el trabajo y eso es lo que no te permite mantener la calidad. Nosotros tenemos un menú al mediodía con platos abundantes y la misma calidad está en todo el menú. Además, jamás tuvimos deudas, todos los proveedores cobran a tiempo, y todo el equipamiento que necesitamos lo conseguimos. El asociado trabaja cómodo, tiene todo lo necesario”, dice orgulloso José. Aunque ahora un poco menos por falta de tiempo, José siempre participó de las reuniones entre cooperativas y en la militancia por la autogestión. Incluso piensa que estaría bueno hacer más cosas entre cooperativas. “Pero para nosotros es complicado, nuestros horarios son complejos y cuesta encontrar ese espacio. La gastronomía es de todo el día”.

LA BANCA SOLIDARIA

Para entrar en este relato hay que quitarse los prejuicios. Esta es la historia de la filial número 6 del Banco Credicoop, una de las primeras en crearse, y sepa vecino que si los bancos tienen poco o nada de interesante, no es éste el caso, ya que este Banco es heredero y continuador de la valiosa labor desplegada desde los inicios del siglo XX por las cajas de crédito cooperativas, que tenían una función solidaria y social.

Para conocer bien de qué se trata, nos recibieron en la filial de Camargo, Simón Poliak (Secretario de Relaciones con asociados y la comunidad), Juan Pablo Muscio (Gerente de la filial), Jorge Troccoli (Presidente de la Comisión de Asociados) y Nelly Purille, todos miembros de la Comisión de Asociados del Banco. En el caso de Simón y Nelly, sus propios padres formaron muchas de las primeras cooperativas locales y conocen la historia de primera mano. “Mi viejo crea en 1950 la “Cooperativa 11 de septiembre” para financiar la escuela Sarmiento, en Lavalleja 180. Cuando la escuela empieza a crecer, la cooperativa se muda”, relata Simón. Según nos cuenta, las cooperativas se crean en Europa a principios del siglo XX como entidades mutuales de la colectividad judia procedente de Europa oriental. Corridos por el hambre y por la guerra, esos grupos de judíos, polacos, rusos se instalan en distintos puntos del país. En un primer momento tuvieron un funcionamiento informal organizados en torno a un "farein" (Land farein, en idish, asociación de inmigrantes judios organizados por su origen territorial), que se encargaba de recibir y ayudar a los recién llegados de esa misma procedencia. Cada pueblo arma una escuela, una biblioteca y una cooperativa. “Había todo un sector social que no tenía la posibilidad de acceder al crédito bancario, por eso recurrían a las cajas de crédito. Los inmigrantes venían con poco y nada, aportaban cada uno un poco y eso se lo prestaban al que necesitaba. Eran préstamos con compromiso de palabra. En Villa Crespo se instalan sobretodo pequeños artesanos, los “cuentenik” (vendedores puerta a puerta que cobraba su mercadería en cuotas) y los talleristas. Es el barrio donde más cooperativas hay históricamente, porque convivían muchos pueblos distintos”, cuenta Simón. Así nacen, por especial impulso de estos inmigrantes europeos, primero la Cooperativa de Crédito La Capilla en Entre Ríos y, en 1918, se funda en Villa Crespo La Primera Caja Mercantil Coop. Ltda, que da origen a la Cooperativa de Crédito. Fue la primera del país, y se crea en una sinagoga sobre la antigua Canning, entidad que posteriormente daría origen a Credicoop. El año que viene se cumplirán 100 años de su creación y en el banco ya están pensando en el festejo.

Para el año 1958, las cooperativas del país eran más de 2700, de las cuales 197 eran cajas de crédito. Con el impulso del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos se crean cientos más y para 1966 ya había 974 en todo el país. Fue la Primera Caja Mercantil la que construyó el edificio Galecor a principios de los años 60. Nelly recuerda que costó mucho esfuerzo. Simón asiente y recuerda: “Yo tenía una pequeña imprenta y había alquilado mi primer local en el primer piso de Galecor. Era cliente de la Caja Mercantil. En esa época ya estaban el local de las telas y el de audio RGS, había una clínica y al fondo una confitería bar que se llamaba La Strega”.

En 1966, con el golpe de Onganía, se estipula que las entidades solidarias debían inscribirse como entidades financieras no bancarias. Comienza un ataque al movimiento cooperativo, se busca generar una crisis de confianza. En 1973, con la democracia, se logra una ley de cooperativas pero con el Rodrigazo y el golpe de estado del 76, sale una nueva reglamentación por la cual las cajas cooperativas dejan de ser autónomas y pasan a depender del Banco Central. Así desaparece casi el 60% de las cooperativas. Para sobrevivir, 44 cajas de crédito se unifican y forman el Banco Credicoop. “Somos banco por una ley de la dictadura”, dice Juan Pablo, “y esa misma ley todavía rige el sistema financiero actual”.Nelly recuerda que fueron tiempos duros, de mucho debate. “Absorbimos muchos bancos fundidos y con problemas, muchos del interior, así el banco se convierte en un banco nacional”.

“En 2001, con el corralito, Credicoop fue el único que no tabicó, no cerró las puertas, no despidió gente y no se fue del país”, cuenta Simón. Jorge suma: “Esa es la cultura del cooperativismo. Este el único banco con una Comisión de Asociados. En el 2001 este fue un lugar donde hacer catarsis, se hablaba para ver qué se podía hacer”.

Todos coinciden en que la Comisión de Asociados es la clave del cooperativismo. Hay seis secretarías que se reúnen periódicamente para trabajar la inserción en la comunidad, en el barrio y con las instituciones: “Logramos juntar 4000 firmas para el cambio del nombre de la estación Malabia - O. Pugliese, gestionamos y financiamos el monumento a Pugliese, que luego fue donado al GCBA, participamos en la organización de los festejos del barrio y hacemos charlas de capacitación para cooperativas”, explica Simón. De ahí nació MeTeCoCo, la Mesa Territorial de Cooperativas de la Comuna 15 que reúne 14 cooperativas, con talleres y actividades, como los torneos de fútbol intercooperativos.

“Este año cumplimos 38 años como banco. Puede que se haya perdido la esencia de barrio, pero muchas de las filiales antes eran cajas de barrio”, dice Juan Pablo. “Las leyes exigen que tengamos lineamiento de banco, pero para la cooperativa lo importante no es la máxima ganancia, se busca la rentabilidad mínima necesaria. Tenemos una tasa barata y menor comisión porque somos un servicio público y queremos que esté a disposición del pequeño empresario, del jubilado, del trabajador”, agrega antes de remarcar algo aún más importante “Nosotros entendemos el cooperativismo como transformador de la realidad social. Cooperativas hay muchas desde lo legal pero no todas respetan su asamblea. Por eso trabajamos en el barrio, con los clubes, llevamos a los chicos a ver obras al CC de la Cooperación. Esa es nuestra lógica”.

La Filial 6 queda en Camargo 544.

GRÁFICA CAMPICHUELO

La Cooperativa Gráfica Campichuelo (COGCAL) está del otro lado de Parque Centenario, sobre la calle que le da nombre. Los conocimos en uno de los festejos por el cumpleaños de Villa Crespo y, desde entonces, ellos son los encargados de imprimir AVC. ¡Qué suerte haberlos encontrado! Desde el primer día, cada miembro del equipo en su tarea se comprometió con nuestro proyecto, y nos mostraron un buen trato y un profesionalismo inmejorables. Así fuimos conociendo cómo funciona esta maravillosa cooperativa gráfica que este año cumple 25 años.

La imprenta comparte el edificio con una de las sedes del Ministerio de Justicia y allí funciona también la fundación Campichuelo. Su presidente, Hugo Cabrera, nos recibió junto a Salvador y nos hablaron sobre la Cooperativa que ellos mismos fundaron. Su historia tiene mucha mística, igual que el edificio. “Un día estaba mirando en Canal Volver una película con Sandrini, y en la toma un nene saltaba por la ventana. Me di cuenta que era el frente de la Cooperativa”, cuenta Hugo. Es que allí funcionó, entre 1937 y 1946, uno de los estudios de cine argentino más grandes del siglo pasado: los estudios S.I.D.E. Es un edificio tan monumental que por supuesto tampoco faltan las historias de fantasmas. “De los de seguridad, más de uno terminó durmiendo en el auto”, dice muy en serio. En ese lugar se creaba en 1961, bajo la presidencia de Frondizi, la imprenta del Boletín oficial. Hoy todavía conservan algunas de sus antiguas máquinas, con las que en algún momento fantasearon armar un museo gráfico.

Fuera de toda mística, Hugo cuenta que a fines de los 80 y principios de los 90 se ofrecía el retiro voluntario del Boletín oficial, con condiciones muy malas. Se estaba vaciando la planta. “Cuando en 1992 se privatiza el Boletín, quedamos alrededor de 100 y nadie creía que íbamos a poder seguir laburando”, dice quien fue gráfico toda su vida. Fueron poco más de 40 trabajadores los que se animaron a transformarse en cooperativa para poder sostener la fuente de trabajo. “En ese entonces no había muchas cooperativas y ningún banco nos quería abrir una cuenta. Cuando empezamos estuvimos 10 meses sin cobrar un sueldo porque teníamos que comprar maquinaria, sino no podíamos trabajar”, recuerda Salvador. “Una vez que firmamos acuerdos con el ministerio y acordamos los trabajos que se iban a hacer acá, hablamos con las cámaras que nos daban el laburo para que nos adelantaran dinero y poder comprar maquinaria nueva”, recuerda Hugo. Eran pocos, entonces aunaron fuerzas. Junto a los trabajadores del IMPA, emblema de las fábricas recuperadas, formaron el movimiento de empresas recuperadas, que estalló a partir del 2001 cuando se empiezan a formar muchas cooperativas. “Cuando se recupera una empresa se la tiene en malas condiciones. Hay que tener en cuenta que seguramente, el dueño antes de abandonarla la endeudó, la dejó sin capital y atrasada tecnológicamente. Entonces hay que ponerse a trabajar fuertemente”, dice Hugo. Ellos la tuvieron muy difícil, pero aprendieron un montón.

Actualmente, en Campichuelo trabajan terceras generaciones y son más de 60 trabajadores con muchos años de experiencia. Incorporaron tecnología, y valoran ser autónomos e independientes. Pero la lucha no termina. Hoy muchos de los trabajos que realizaban se están digitalizando entonces tienen menor volumen de trabajo. “El desafío es ver qué hacer a partir de ahora”, dice Hugo. De todas maneras, ideas no les faltan y fuerza y voluntad, mucho menos.