• Malena Higashi

RAQUEL, LA TEJEDORA DE VILLA CRESPO

En Villa Crespo vive la leyenda del tejido. Se llama Raquel Liberman y hace 53 años abrió un local de lanas y de clases de tejido llamado Premier, pero recordado popularmente como Raquel, la tejedora de Padilla y Malabia. Intento contactarla a través de su hijo Horacio, cantante del dúo de música judía Guefilte Fish; arreglamos una cita, pero días más tarde me avisa que será mejor cancelarla porque Rosa Minué, la persona que la acompaña y la atiende desde hace muchísimos años, aconsejó dejarla para más adelante.

Raquel tiene 89 años y hace tres que dejó de dar clases. La entrevista se hace igual, solo que los entrevistados son Horacio y su hermana Olga, que trabajó codo a codo toda su vida con mamá Raquel. Nos encontramos en Handy, el negocio de lanas que Olga abrió en Scalabrini Ortiz y Las Heras. En el cartel de entrada se lee: “Clases de tricot y crochet (ex Padilla y Malabia)”. Los hermanos se sientan alrededor de la mesa donde Olga da clases. Falta Diana, otra de las hijas de Raquel, que también forma parte de esta historia. Es una tarde fría de otoño, pero las lanas y tejidos que nos rodean dan una sensación de calidez.

Olga: Raquel tejió desde chica, le enseñó su abuela Genia Dickman. Era su hobby, siempre iba a lo de Agustina, una tejedora famosa en Buenos Aires que tenía una casa de lanas con ese mismo nombre en la calle Viamonte. Ahí fue ganando experiencia, se daba mucha maña. Tanto es así que empezaron a llamar a casa las amigas para preguntarle sobre tejido. En paralelo yo me gradué en el colegio, tejía desde los 7 años y tenía ganas de trabajar. Ella sintió que sus hijos ya eran grandes y que no necesitaba estar mucho en casa. Mi papá tenía un local en la esquina de Padilla y Malabia y ahí abrimos el negocio: yo vendía la lana en el mostrador y ella enseñaba. Nos fue muy bien, con el tiempo no dábamos abasto. Eso fue en el año 63, yo tenía 17 y ella 36. Y desde ahí que trabajamos toda la vida juntas. Al poco tiempo de abrir ese local, teníamos tantas alumnas que mi papá nos dio también el local de al lado: tiramos la pared e hicimos y agrandamos el espacio. Ahí nos ayudaba una empleada en el mostrador y cada una daba clase en una mesa.

Horacio: Con el tiempo se hizo muy famosa, como profesora y también por innovadora. Sacaba siempre modelos nuevos. Mamá hacía carteras al crochet, tapados, todo muy elaborado. El negocio se llamaba Premier, porque mi papá tenía una fábrica de camisas que se llamaba así. Ella le puso igual, pero al poco tiempo lo cambió y le puso Tejidos Raquel, ¿no?

O: No, no tuvo otro nombre. Pero todos decían “los tejidos de Raquel” y quedó así. En el local vendíamos lana y a veces tejidos. También hacíamos carteras de perlitas, bolsos de rafia… A Raquel le gustaba tejer a dos agujas, crochet. ¡Hasta hacía colchas y cortinas!

H: El negocio abría a las 9 de la mañana y a las 8 ya había cola con gente esperando. Y a las 3 de la tarde lo mismo, estábamos almorzando y papá venía y decía: “por qué no vas que hay gente en la puerta”. Todo el mundo se empezó a preguntar qué pasaba ahí. Cuando viajé a Israel en el año 69´me encontraba con gente que usaba los tejidos de mamá… Iba caminando por la calle y los reconocía a la distancia, esos tapados que ella tejía.

O: A mí me pasó ir por la calle y que me dijeran “¿vos sos la hija de Raquel? Por un lado porque soy parecida y por otro porque seguro reconocían alguna prenda tejida por ella. Nos conocía la gente de toda la vida. En aquella época hacíamos desfiles en la Confitería Sala (Corrientes y Gurruchaga), existe todavía, ahora se llama Multieventos Sala. Yo organizaba el desfile y entre amigas o incluso yo, vestíamos los modelos que las alumnas habían tejido con nosotras. Un peluquero del barrio nos peinaba; mi marido y mi cuñado oficiaban de maestros de ceremonia. Eran desfiles a beneficio de alguna institución. Cobrábamos una entrada o pedíamos donaciones y era todo a beneficio de instituciones del barrio.

* * *

Horacio me manda fotos de Raquel por mail. Son fotos del Bat Mitzvah de Naty, una de sus bisnietas. Parecen tomadas en primavera, porque nadie usa tejidos. Raquel está rodeada de nietos y bisnietos y se la ve feliz. Es una mujer elegante. Me hubiera encantado conocerla y preguntarle qué cosas aprendió en todos estos años tejiendo y dando clases.

Olga dice que lo que realmente le gustaba a su mamá era enseñar. La honestidad, la transparencia y la generosidad en dar y en recibir era lo que la caracterizaba. Era muy exigente, tenía mucha noción de las medidas. “El éxito de nuestros tejidos es la perfección en las medidas y en el corte”, aclara. Se pone de pie y se prueba uno de los modelos que tejió su mamá. Es un saquito gris sin botones, de mangas acampanadas que caen con gracia; la lana tiene lentejuelas. Es increíble como una prenda pensada con tanto detalle y elaborada con talento puede realzar la belleza de quien la viste.

Nos despedimos mientras la empleada que la ayuda en Handy empieza a bajar la cortina del local.

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