• Por Pepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

POR UNA CABEZA


Tengo un amigo que perdió la cabeza en un partido de “poquard”, que es como le decimos los conejos al póker de ustedes por una confusión ancestral de nuestro conejo inmigrante fundador -San Bernardino de las Orejas Largas- que tradujo en su/nuestra biblia de usos y costumbres toda la idiosincrasia humana al idioma nuestro; con ese texto sagrado muchos aprendimos a pensar en humano, que no es tarea fácil para ningún animal porque los humanos hacen cosas súper raras como excretar siempre sobre agua aunque viven en tierra... Pero aquél conejo –San Bernardino- era algo duro del oído, aunque no lo pudiera confesar porque se supone que los conejos bla, bla, bla, y entonces entendió “poquard” por póker, quizás porque los humanos que tenía a mano en la Fábrica Nacional del Calzado allá por el 1900 eran también inmigrantes, entonces hablaban de una forma que no era tan fácil de traducir a sintagmas escritos. Como cuando los japoneses describen en su lenguaje el ladrido de un perro y ponen “wan” en vez de “guau”, que es claramente la forma real en la que los perros hablan; me lo dijo un perro troglodita que hablaba muchos idiomas: además de perro, español del Río de la Plata, y Japonés, y Guaraní, porque había sido sereno muchos años en una fábrica en Paraguay. A mí igual, si me preguntan, me da la sensación de que “wan” es una mejor traducción a letras de un ladrido que “guau”. Yo la “G” no la escucho; capaz es silente, como la “T” de Clericó. Pero me parece que es pedirle mucho a la lingüística perruna, la letra silente. Qué sé yo. WAN. A mí me suena. El caso es que mi amigo era un fanático perdido del poquard, y también del par de seis, porque en el fondo era un satanista frustrado, y siempre esperaba que un par de seis se convirtiera en una pierna, o sea, en tres seis, así que cuando le tocaba ese par maldito, iba a fondo. Es lo que se llamaría un TOC en el mundo de la psiquiatría veterinaria. Porque mi amigo es un conejo, creo que no hace falta aclararlo; casi todos mis amigos son conejos. Tengo muchos conocidos humanos, pero amigos, lo que se dice amigos... Entonces, mi amigo conejo estaba jugando en una mesa con gente poderosa, empresarios y políticos. Lo habían invitado porque a su jefe una de las patitas de mi amigo –la trasera izquierda- le daba suerte. No pregunten, es una larga historia. El jefe entonces, le financiaba lo suficiente como para que mi amigo jugara cada noche, le daba para unas horas, pero no lo bastante como para hacer un quilombo real, qué sé yo. Era otra época. Era hace unos años. Eran otros números. La cosa es que mi amigo venía jugando lo más bien hasta que le llegó el par de seis y se puso como loco. Empezó a sudar, a golpear rítmicamente con la patita, a hacer todos los TICS que te puedas imaginar, todos los TICS y todos los TOCS juntos, una fiesta del TIC TOC. Y apostó fuerte, apostó todo lo que le había financiado el jefe y cuando eso no alcanzó –porque el resto de la mesa lo vio enloquecer y le entró– apostó la cabeza, así nomás. ¿Cómo que apostás la cabeza? Sí, apuesto la cabeza y todo lo que contiene. Y le entraron. Y perdió. Así que ahora cada tanto lo llaman y le dicen: “tenés que pensar en lo culpable que me siento porque no fui al dentista porque estaba en un asado en la quinta de X”. Y mi amigo se pasa el día pensando en lo culpable que se siente. O le dicen: “tenés que arrepentirte porque hace diez años no te diste cuenta que Y te tiraba onda y la dejaste ir sin reaccionar, y hoy sería mejor esposa que tu esposa”. Entonces mi amigo se arrepiente. O sea, tiene que pensar pensamientos ajenos que otros le encargan en forma resumida, porque nadie tiene tiempo para esas cosas, entonces se la resumen y ya. Y él tiene que pensar lo que le digan porque perdió la cabeza y todo lo que contiene. Porque no le vino el otro seis. Es así. Perder la cabeza es fácil. Lo difícil es después, cuando hay viento, no perder también la bufanda... #melodijounconejo #debeserverdad

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