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  • Foto del escritorPepe Bigotes, un conejo en Villa Crespo

¿QUIÉN CREE EN PAPÁ NOEL?


Mi hija cree en Papa Noel. No sé bien cómo tomarme este acontecimiento. Por un lado no me gusta mentirle, y muchas veces tengo que hacerlo para mantener viva esta ilusión, transmitiéndole falsas nociones sobre el funcionamiento de la física, las chimeneas, y la gente con sobrepeso. Es una cadena de mentiras interminable que nace con el deseo egoísta de los adultos de aprovecharse de la inocencia de les niñes. Pero, ¿con qué fin?

Lo único que se me ocurre es que Papa Noel sirve para que les hijes no tengan que pedirles directamente cosas a les padres, y para que les padres puedan disfrutar vicariamente de lo que es ser niñe y creerse cualquier cosa. Ahora, mi miedo es que la leyenda de Papa Noel instale dos ideas que creo que pueden ser nocivas a futuro: que portarse bien tiene premio, y que ese premio son cosas materiales compradas en tiendas.

Supongo que soy un poco como el Grinch en esto, ese ser verde y peludo que odiaba la Navidad; yo no la odio, para nada, pero me pone un poco cascarrabias que parte del juego sea ocultarle a los chicos que sus familias les compran regalos. Obviamente, como conejo de familia judía, nunca celebré la Navidad hasta que conocí a mi pareja, que la celebró toda su vida junto a su familia, entonces “conoce mejor las reglas”.

Supongo que mi pelea es contra el pensamiento mágico. Pero después vi que la carta que se tatuó Messi (en un confuso episodio en el que adivinaban cartas de truco con otros miembros de la selección) es el cinco de copas, y esa carta en el Tarot muestra la figura de un hombre con un manto negro, algo muy similar a la imagen que vimos durante la coronación de Argentina en el Mundial, cuando un jeque (ponele) le puso esa bata semi-transparente negra a Messi en un ritual inesperado que convirtió a nuestro héroe en una figura similar a su equivalente arquetípico tarotiano.

Y vi eso y pensé “claro, cómo no íbamos a ganar el Mundial, si Messi adivinó el cinco de copas”. O sea que este tema de la magia no es tan fácil de separar de la realidad. La idea de que podemos afectar al mundo mediante nuestros gestos más pequeños es, no sólo atractiva, sino capaz hasta constitutiva de nuestra forma de interactuar con lo que nos rodea. Y esto me hizo ver a todo este asunto de Papa Noel con otros ojos. A lo mejor no es el objetivo fomentar el pensamiento mágico…

Capaz el tema es marcar un compromiso intergeneracional de darle a esa necesidad de magia un componente familiar, simple, un pequeño altar al consumismo que después de todo es la fuerza espiritual que nos mantiene unidos: el comprar cosas, quejarnos de la pobre calidad de su fabricación, olvidar esas cosas en un cajón, o tirarlas, o regalarlas a terceros. Una circulación de objetos berretas que insinúan la existencia de sus contrapartes perfectas. Platonismo puro.

Este año mi hija pidió, entre otros regalos que casualmente entran perfecto en el rango de precios que estábamos dispuestos a invertir en esta fábula, tres o cuatro tops, remeras cortas que muestran el pupo, por lo que intuyo que no queda mucho más tiempo de creer en Santa. Y seguro cuando deje de creer será para mí una alegría y una tristeza, una alegría porque podré al fin dejar de mentir, e incluso quizás nos reiremos juntos de esas mentiras, pero entonces tendremos que negociar el tema de los regalos entre nosotros, sin intermediarios, y seguro habrá otras formas de ser felices, pero ya no estará esa, tan simple, de verla escribir una carta con marcador rojo, y que me pregunte si le puede pedir un hermanito a Papa Noel. Y responderle que mejor le pida un perro, porque dicen que Santa no trafica con humanos.


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