• AVC AMO VILLA CRESPO

UN DÍA POR LA COCINA DEL ARTE


Por María Laura Nieto

Viví con mi pareja durante algunos años en el barrio: un PH justo enfrente de la iglesia y al lado de un barcito barato que al mediodía servía minutas abundantes, parada obligada de muchos taxistas. Por entonces teníamos un Morris que dormía en la cochera de la calle Aguirre. Un día Juan, uno de los encargados del garaje, nos dijo que el auto ya no podría dormir más ahí: ese espacio enorme se convertiría en el depósito de una importante marca de ropa. Comenzaba una transformación del barrio aunque nosotros todavía no podíamos ni siquiera imaginarla. Al poco tiempo nos mudamos. De todos modos, el barrio siguió ejerciendo su fuerza: volvimos. Será por su ubicación geográfica, centro de la Ciudad de Buenos Aires, será por ese “no se qué”, el caso es que por distintos motivos nos sigue convocando.

Dispuesta a curiosear por los talleres de trabajo de artistas un día sigo algunos pasajes de “La ruta del arte”. De aquí para allá, la zona donde vivíamos, entre Corrientes y Córdoba, esa que más cambió en los últimos años o pasando del otro lado de la Avenida Warnes. Hay una confluencia multiforme de galerías, talleres, casas propias, de nombres consagrados que se mudan al barrio, de espacios incipientes donde se combinan arte, oficios, tertulias, residencias e intercambios. Signo de los tiempos o por qué no el resultado de esas búsquedas constantes por ganarse la vida bien cerquita de lo que a uno más le gusta.

Sobre la calle Aguirre se mudó Gachi Prieto, un espacio dinámico de exhibición y reflexión sobre arte contemporáneo; estoy cerca, primera parada. La muestra es una colección de diminutas y pacientes tramas dibujadas en lápiz sobre papeles también tramados de cuadernos. Me desconcierta esa paciencia, para mí, casi obsesiva.

Después Gachi me lleva a La ira de Dios, un gran galpón ubicado al lado, y visitamos los talleres de artistas que funcionan arriba. Saludamos a los que están trabajado y curioseamos los espacios de trabajo de los que no están. Cada uno parece un pequeño mundo con obras en proceso y objetos de todo tipo conocidos o inexplicables: recortes de diarios, un libro antiguo, un cartel. Descontextualizados y solitos ahí o redimensionados mediante algún procedimiento, esos objetos hablan en silencio, a su manera, de los misterios de ciertos procesos creativos. Algo similar sucede cuando llego a Document Art, donde me encuentro con Agustina. Le preguntamos a Rosario sobre la galería, nos muestra también la biblioteca con los libros que editan y luego sí, más talleres nos cautivan.

Sigo por Espacio Camargo, una linda casona antigua. Me recibe María, la casa es el taller de una artista plástica, arriba está el suyo también. Ella se especializa en técnica de collage y animación con recortes de papel, me cuenta que el espacio abrió hace tres años, que hay seminarios y talleres y que piensan organizar tertulias acompañadas de algunas cositas ricas como pastelería casera. Anochece y continúo hacia la que será mi última parada del día, El p1so de abajo.

Noelia me lleva escaleras arriba (había imaginado que entraría a un subsuelo o al menos a una Planta Baja pero no, se trata del Primer Piso, el que queda justo debajo de su casa): “Enseguida terminamos” me dice. Están en clase de grabado, específicamente monocopia; inunda todo un olorcito a tintas. “Me parece que a esto le falta presión”, “Ah, pero quedó muy bien”, escucho al final. Ya desocupada pero todavía con el delantal puesto, Noelia me cuenta sobre las actividades del espacio, sobre su obra inspirada en la historia del arroyo Maldonado, sobre el proyecto de exhibición de este año: una exploración de los vínculos en el barrio.

Es tarde, tengo hambre, aunque me gustaría visitar más galerías y talleres. No importa, volveré otro día. Después de todo algo ha dejado su huella: la sensación de que el arte no es inspiración divina y nada más, tampoco fórmulas mágicas. Más bien, un hacer del día a día, un trabajo; tan cerca de los oficios, de las artesanías. Tan cerca, por ejemplo, del carpintero, del luthier, hasta del panadero que cuida todos los días con dedicación y paciencia –la misma de aquellas tramas dibujadas en los cuadernos– la masa madre para el pan. Eso, desde la vuelta al barrio, lo sé bien.

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